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lunes, 2 de enero de 2017

SONRISAS EN LA NIEBLA

Caminando al atardecer, me encuentro cegado por el sol. La estrecha carretera, apenas tiene circulación. Veo una persona que viene hacia mí, está cerca. Un coche me adelanta, sin duda también cegado por el sol, porque al esquivarme, toca, sin percatarse, al viandante que viene hacia mí.
El coche se aleja, y la persona yace en el suelo sin conocimiento, es una joven de unos treinta años, algo mayor que yo, busco su pulso, y lo encuentro enseguida ¡menos mal!
Llamo al 112 y me quedo a su lado, busco en su bolso y no encuentro teléfono móvil (mira que es raro, no sabemos estar sin el) tampoco tiene documentación alguna, así que me quedo con ella hasta que se recupere.
Tampoco importa mucho, acabo de llegar apenas hace 15 días a esta ciudad maltratada por el frío y la niebla, y no tengo amigos, tan solo algunos conocidos del trabajo que me ha traído a la ciudad, pero que aun no son amigos. Y es viernes por la tarde, y ya solo puedo esperar al lunes en plena soledad.
Desde el atardecer, hasta que por fin me dejan hablar con la chica, pasan varias horas en urgencias. 
Cuando paso al box donde se encuentra esperando a que traigan el alta para que se vaya, me doy cuenta de que es una chica bonita, sin ser espectacular, pero con cierto atractivo, suficiente para estar mucho más alta en el montón, que yo.
Pero luego, cuando explico que la he traído yo y que no tuve tiempo de coger la matrícula del coche, porque me cegaba el sol, sonríe, y esa sonrisa me aclara que no está en el montón, que esa sonrisa es el complemento que la hace ascender de categoría.
Son las tres de la madrugada del viernes al sábado, me ofrezco a llevarle  a casa o a dejar que utilice mi teléfono para avisar a alguien.
Vuelve a sonreír y me desarma totalmente, hasta casi tiro el teléfono por el hueco del ascensor para que no llame a nadie, tal es el deseo de no estar solo que tengo.
-No tengo a nadie, tenía intención de pasar la noche en un hostal. -me dice-.
-¡Ah! bueno. -respondo torpemente-.
-Ya no es necesario que me acompañes más, te estarán esperando.
-¡No! -casi grito al contestar- No conozco a nadie en la ciudad, apenas llevo aquí 15 días... Si no te importa te acompaño.
Así que caminamos juntos en busca de una pensión, solo tiene un brazo roto. Yo voy con su bolso colgado al hombro y ni siquiera me doy cuenta de que me mira la gente con burla. Pero ella sí, ella se da cuenta y se ríe, y se ríe una y otra vez, y cuando más se ríe, más loco estoy por ella.
Al final, tomamos algo, y luego el alcohol hace su efecto y terminamos en mi apartamento desencadenando una noche loca en la que descargamos tiempo acumulado de soledad.
El día siguiente lo pasamos juntos, a pesar de la niebla que envuelve la ciudad, lo pasamos muy bien, y yo, después de mucho tiempo no he odiado el fin de semana. 
Al oscurecer, me dice que se tiene que ir. Y, cómo no, me ofrezco a llevarle en mi coche. Me mira sin decir nada, pensándoselo, entre seria y divertida. Parece que gana la versión divertida, sonríe para entusiasmo de mi corazón que casi me tira a un lado, y dice que sí.
Subimos al coche, y ella me va diciendo "... sigue recto, gira aquí, ahora a la derecha... en esa rotonda sigue recto... coge ese desvío... no corras, hasta las diez no tengo que llegar". Después de media hora, y de un montón de risas, no tengo ni idea de dónde estoy, la carretera está vacía, no se ve ningún coche. Entre la niebla, aparecen unas luces a  gran altura... y cuando cruzo una verja y las luces del coche enfocan la entrada, puedo leer en la pared CENTRO PENITENCIARIO, en letras grandes...
Me da un beso en la boca, que mi corazón agradece dando volteretas, y sale del coche, le rodea, bajo la ventanilla, coge mi barbilla con su mano y me dice:
-No saldré hasta dentro de 5 semanas de nuevo de permiso. Como se que no te volveré a ver, quiero que sepas que eres un encanto.
-¿Qué día sales? -pregunto ansioso-
-El 24 del mes que viene, pero no pases mal rato si no vienes, lo comprenderé. Te agradezco lo bien que me lo he pasado contigo.

Entró en el centro caminando despacio, ya en la puerta se volvió, y me pareció que mientras sonreía se humedecían sus ojos.
Al regresar me perdí dos veces, pues con la niebla no me había fijado mucho dónde había ido. No podía quitarme su imagen de la cabeza, durante esas cinco semanas, acudí al centro un par de veces para saber ir el día 24, no podía quitarme esa sonrisa de la cabeza.

Y ¡sí! Para cuando salió el día 24, allí estaba yo como un clavo... y cuando salió y me vio, me pareció que su sonrisa disipaba la niebla y hacía resplandecer el sol.


*Algunas personas tienen su propia cárcel


3 comentarios:

El tejón dijo...

Ya era hora. Muy buena forma de empezar el año.
¿Donde tenías guardado este cuento?.
Un abrazo.

Nieves Martín dijo...

Esta historia me ha desalmado a mi.
Es espléndida... y ahora me queda la intriga cotilla de saber el motivo del ingreso a ese lugar... pero ahí queda, quizás eso sea lo de menos.
Un besito y... no tardes tanto en regalarnos tus cuentos.

Mil besos

Alfredo dijo...

¿Un final feliz? Parece que sí, ojalá que en la salida definitiva la unión sea para siempre.
Salu2