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jueves, 21 de enero de 2016

NADIE

Camina sobre la nieve que cae con intensidad, sus pisadas llegan hasta la nieve vieja caída durante los días anteriores, aun así, sus botas se hunden un palmo, y su caminar cada vez es más lento, el tiempo calculado para llegar al pueblo, ya no sirve, y la tarde pasa fugaz en busca de la noche que se precipita a su encuentro.
Improvisa unos guantes con unos calcetines que lleva en su mochila, y prosigue resignado el camino a casa.
Hace seis años que se fue, y no sabe qué se encontrará.
La tormenta arrecia, y la visibilidad es mínima, la nieve cae con intensidad, y el viento la precipita contra su rostro.
Tiene miedo de no recordar el camino, y más si cabe, con el manto blanco que lo cubre todo.
Ni los animales salen de su escondrijo, es una noche de lobos, y son los únicos que están a gusto con la nevada. La oscuridad y la nieve son perfectos aliados para su sostén.
Sigue caminando, poco a poco y con constancia, esperando no haberse perdido y anhelando ver las luces del pueblo cuanto antes.
Ya ha oscurecido, y empieza a desesperar, pues deberían verse ya las luces de  las casas, aunque con esta ventisca...
Va cansado, y los nervios y el frío están empezando a vencerle. Pero es un hombre de montaña, y sabe que no debe rendirse, así que no se detiene en ningún momento, agotará su fuerza antes.
De pronto, algo se mueve entre sus piernas, va y viene, y le roza, se aleja, y vuelve, en silencio, alborotando entre la nieve.
Está asustado, porque ya apenas se ve nada.
De pronto, se da cuenta, de que ha llegado al pueblo, y se ha introducido entre las casas, aunque no lo había notado porque no hay ni una sola luz a la vista. Corre, inconscientemente hacia su casa, con lo que sea siguiéndole y cruzándose una y otra vez y rozándole las piernas. Aunque su carrera es tan lenta que casi avanza menos que caminando.
Reconoce el pueblo, y se dirige hacia su casa, va perdiendo el miedo, porque lo que sea que le roza, no le hace ningún daño.
Colgada al cuello, lleva la llave de su casa, la única pertenencia que le queda del día en que se fue hace seis años.
Abre la puerta, no hay luz, seguramente, la tormenta ha derribado la línea. Busca a tientas el cajón de la cocina donde se guardaban las velas, y saca su encendedor. A la luz de la vela, se mira los pies mojados y la nieve pegada a sus botas, y entre ellas... aquel gato...
ese gato trasto y rebelde que nunca se dejó cojer, que ya desde que nació entraba y salía a su antojo.
Es su única bienvenida, y sospecha que el animal se alegra de verle porque no hay nadie más en el pueblo. Busca leña, y pone la chimenea temiendo que esté totalmente tapada, como aquel pueblo por el que pasó, y las cigüeñas habían anidado en una chimenea de una casa abandonada. Pero tira bien, y el fuego empieza a caldear la estancia, se ve, que su hermana y su cuñado vienen en verano, porque hay leña preparada, y la casa no está descuidada.
Se asoma a la ventana, y no consigue ver ni una sola luz.
Se confirma que está solo, pero se siente tan feliz de estar en casa, que no le importa, y encima ese gato huraño y malencarado, se ha vuelto, con la soledad, cariñoso y pegajoso.
Busca unas mantas, acerca el banco de la cocina al fuego, y se duerme con el gato entre sus brazos ¡quién se lo iba a decir!

Debió avisar, pero tenía miedo de su propia familia. Llevaba tantos años fuera, en su mochila llevaba una gran cantidad de dinero, todo lo que había sido capaz de reunir en ese tiempo.
Debió escribir alguna vez, debió telefonear, decir donde estaba, pero una vez que los días pasaron sin hacerlo, se convirtió en algo mucho más difícil de hacer.
Tenía suficiente dinero para solucionar la miseria de esa vida en un pueblo sin recursos. Llegaba tarde, pues ya todos se habían ido, y ahora, después de tantas penurias, se daba cuenta, que apreciaba más el peso del gato sobre su estómago, y el calor del fuego del hogar  en sus piernas, que el dinero de la mochila.
Aún vacío, su pueblo era su pueblo, y aunque estuviera sin gente, se sentía feliz allí.
Sabía que la despoblación se adueñaba de los pueblos pequeños y que solo tenían gente en verano.
Era el drama de la montaña, de los pueblos pequeños y de difícil acceso, de lo triste que es abandonar tu vida. Aquellos que perdieron su pueblo bajo las aguas de un pantano, lloraban todavía después de varias décadas al recordar sus casas, su escuela y sus calles, y sin embargo, otras personas, teniendo su pueblo en pie, se veían abocados a abandonarlo para sobrevivir. ¿hasta qué punto se hace difícil sobrevivir? incomunicados gran parte del invierno, sin escuela, sin medicamentos, sin luz a veces, la montaña se cobra su impuesto, y expulsa con dureza hasta al más duro de sus habitantes.
Son los pueblos pequeños, los de montaña, los que sobrevivieron a los romanos y a los árabes, y que no han podido sobrevivir a los tiempos modernos.


2 comentarios:

El tejón dijo...

Bonito el relato, un homenaje precioso a esos pueblos abandonados.Ojalá muchos de los que se fueron pudieran retornar a ellos.
Saludos.

Nieves dijo...

Nos hemos acostumbrado a la vida facil y estos hermosos pueblos son duros y para valientes. Los tiempos modernos avanzan rápido y deboran todo lo que a las grandes masas no les agrada a primera vista.

Te quedó un relato muy bonito, muy de lobos Rubén y ya sabe que yo soy de ellos.

Besos!!!