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domingo, 13 de enero de 2013

¡Vaya herencia!

Dani ha heredado mi máquina de los sueños. Esa que me atormenta con sueños absurdos, pesadillas y demás. Esa que tenemos todos, pero que a mí me ha tocado una defectuosa.

Llevo un par de horas dormido, estoy muy cansado. De pronto, oigo como Dani gime en su habitación, tiene tres años, y tiene un dormir agitado, como yo, así que he tenido que poner una barrera para que no termine en el suelo cada noche.

Finalmente se despierta.
-¡Papá! - grita.
-¡Papaaaaaaaaaá! - el grito se repite con más intensidad.
Reclama mi atención, aunque ha dejado de llorar. Estoy tan cansado que no me puedo ni levantar.
-¿Qué te pasa? - digo-.
-Tengo una pesadilla.
-¿Qué pesadilla? 
-Me quería comer un "dinosaudio" -dice-.
-Anda duérmete -le digo desde mi cama-, que los dinosaurios no existen.
-Pero, ¡papá!, es que este era el últimoooo.
-¡Anda duérmete! que estoy muy cansado, que solo era un sueño -digo reacio a salir de mi cama.

-¡Pues qué sepas que tu eres el siguiente!

¡Bueno! ¡cualquiera no se levanta!

miércoles, 2 de enero de 2013

EL "EFECTO BENITO"

            Espero en la cafetería que está frente a la universidad, siempre en la misma mesa, en mi esquina preferida, entre la barra y el amplio ventanal que da a la calle. Es un buen lugar, tranquilo y apacible, donde leo cada día el periódico en soledad. Allí hago el descanso entre viaje y viaje. Allí como y me paso un buen rato.
            Siempre llego cuando la cafetería está desierta, es cuando leo el periódico. Luego, poco a poco se va llenando. Los chicos entran y se sientan por doquier. Pero las chicas… las chicas van eligiendo los sitios más cercanos a mí. No es que yo las guste, les caigo bien, eso sí, pero si se sientan cerca de mí, es por Benito.
            Benito tiene 20 años, no es ningún genio, y no pudo acceder a la universidad, trabaja en una carpintería, y trabaja bien. Pero cada día a la misma hora viene a verme a la cafetería. Yo tengo 40 años, soy como su tío favorito, viene a contármelo todo. Cuando tenía 16 años, le introduje en la lectura, sin saber la pasión con que se lo iba a tomar. Un poco de aventuras, un poco de novela histórica, algo de ciencia-ficción… algo de Vázquez-Figueroa, Stephen King… luego fuimos a lecturas más voraces y nos pusimos con Dostoievski, con Victor hugo, con Alejandro Dumás, pasando por Delibes, García Márquez… sin olvidarnos ni de los clásicos ni de los best-sellers.
            Pasa junto a la ventana, da un golpecito, saluda y sonríe, y cuando sonríe, se pueden oír los suspiros de las estudiantes que están a mí alrededor. Entra en la cafetería siempre con una sonrisa, saluda a los camareros y camareras uno por uno, se acerca a mi mesa sonriéndome, siempre alegre, ajeno al terremoto que supone su llegada a nuestro alrededor. Cesan las conversaciones, las chicas se atusan el pelo, suspiran, muerden el lápiz, se colocan de manera que puedan verle y oírle.
            Benito ni las ve, viene derecho a mi mesa, con su taza de café en una mano y un papel en la otra, me pregunta por mi mujer y mis hijos que le adoran, ¡cómo no!. Se sienta frente a mí. Y todas las chicas escuchan nuestra conversación de tal manera que me parece estar en un estrado representando una función.
            Benito ni las ve.
            Me pregunta por títulos, me recomienda lecturas que ha escuchado, me desafía con títulos gruesos, me comenta su última lectura, y me pregunta por escritores que desconoce. Todo esto, si es de lunes a miércoles, porque los jueves y viernes, solo hablamos de lo que vamos a hacer el fin de semana. Rutas de senderismo, visitas a la montaña, películas que ver. Vamos todos juntos, mis hijos y su hermana.
            Luego se va, de nuevo ajeno a su alrededor. Benito es el centro de atención, no se da cuenta de que a la semana siguiente algunas chicas tendrán bien a la vista el mismo libro del que hablamos esta semana,  ajeno a que muchas de las chicas que nos encontramos al empezar la ruta de montaña, son las mismas de la cafetería.
            Benito ni las ve.
            Así cada día, es guapo, simpático, alegre, bueno… brilla con luz propia, ilumina todo a su alrededor, conquista a todo el mundo, es sencillo y humilde, lo es sin darse cuenta del magnetismo innato que posee.
            Siempre cuando se va, las chicas me comentan algo, con el tiempo son todas amigas mías. Me piden consejos de cómo llamar su atención, y yo no tengo ni idea. Se ríen conmigo un rato, se divierten con mis bromas sobre su causa perdida, me preguntan sobre el lugar al que vamos a ir el sábado, a veces se lo digo y a veces las intrigo.
            Benito ni las ve.
            Empiezo a pensar que no le gustan las mujeres, que no le interesa ninguna relación, que está obsesionado con su trabajo, los libros, las montañas, o las montañas de libros ¡¿qué se yo?!.

            Ayer no pude ir a la cafetería, una de las chicas de la asociación se equivocó y vino el día que no era. Sofía lleva ciega desde los 7 años, ahora tiene casi 19, como ella dice. Es alegre y se toma su invidencia a broma, y lucha cada día contra todo. Es valiente y con mucho carácter, es muy guapa, pero es desconfiada por naturaleza, y piensa que todos los hombres sean feos o guapos intentan seducirla porque no tiene como saber su aspecto, así que se defiende con las uñas bien afiladas, espantando a todo bicho viviente. Como ayer la acompañé todo el día para que no se aburriese y no pude ir a la cafetería de siempre. Hoy estaba esperándome al lado del autobús, casi no me deja ni arrancarle de lo impaciente que estaba por devolverme el día que, según ella, me debe.
            Así que hoy se ha venido conmigo a la cafetería. Leo las noticias en voz alta, las comentamos. Cuando empiezan a llegar las chicas a sentarse cerca de mi mesa, a la vez que preguntan que me pasó ayer…
            Al rato, Sofía me pregunta porque se las nota tan decepcionadas porque yo no viniese ayer, y porque de repente todo el local huele a perfumes de todo tipo, que se está mareando.
            No puedo evitar la carcajada, ni me había dado cuenta de los olores. Estoy a punto de contarle el “efecto Benito”,  cuando este golpea la ventana y entra como siempre.
            Benito se sienta a la mesa, saluda, y sin dar tiempo a nada se presenta a Sofía, pero en cuanto se sienta… a Sofía ni la ve. Hasta que empieza la conversación, como a Sofía le recomiendo los mismos libros, resulta que estamos con el mismo. Sofía le escucha en mp3 ó bien lo lee en  Braille. La conversación se hace tan interesante, que de pronto nos olvidamos de toda la gente que tenemos alrededor pendiente de nosotros.
            Cuando se despide Benito, Sofía dice:
-         Benito es encantador, dime que es guapo anda.
-         Pues sí, todas estas chicas vienen a verle.
-         ¡pues qué suerte tienen! ¡tendrá novia, claro!
-         No, no tiene, y es como si no le interesase.
-         Vale, pues nada, que le den morcillas.

Pero a los dos minutos, me llama Benito.
-         ¡Oye! ¿quién era esa chica?
-         ¿por qué me lo preguntas? Benito
-         Porque me encanta, seguro que tiene novio…
-         No, no tiene novio…
-         ¿crees que le gustará tomar algo conmigo?
-         Seguro que sí, hombre cómo no va a querer…
-         ¡Yo qué sé, ni me ha mirado en todo el rato!
-         Benito, ¡es ciega! No me digas que no te enteraste.
-         ¡pues no! Oye, pues me gusta un montón, que se venga a la montaña el sábado.
-         Pero Benito, que es ciega, hombre.
-         ¡yo la guio!
-         Pero Benito, no me digas que te has enamorado…
-         Ha sido un flechazo, no me había pasado nunca, es que solo de pensar que no la vuelvo a ver, me entra una ansiedad…

¿Quién me lo iba a decir?, Benito se va a enamorar de la única chica que no puede verle, la única libre del “efecto Benito”…

…. Y aquí estoy, en medio de la montaña, sentado en el suelo, al lado de mi hija, con la mochila entre las piernas, sacando los bocadillos mientras les veo llegar de la mano por el sendero, oigo las risas durante toda la mañana, no se me quita esta sonrisa boba que tengo, mi hija se muere de risa…


viernes, 21 de diciembre de 2012

¿eh? ¿qué? ¿qué pasó?

Se me va pasando el día, y no veo nada raro...
Todo sigue igual, (mal).
El que me escribe en el facebook, "haciendo" sin H, lo sigue "aciendo". Por cierto, que el que me envía los SMS, infectados de "k", sigue "Kn" lo suyo.
Seguimos abriendo las redes sociales para conseguir más amigos, algunos hace tiempo que no les vemos.
Seguimos engañándonos al comprobar si en el blog tenemos ya más de 300 seguidores o más de 100.000 visitas. Y digo engañándonos, porque todo es muy relativo.
Alimentamos nuestro ego con el número de seguidores y visitas, cuando en realidad, gran parte de los seguidores, vienen de captación de socios, siguen miles de blogs para conseguir seguidores. Por otro lado las visitas también son engañosas, pues la mayoría de mis visitas, llegan porque han tecleado una palabra rara que he usado, una foto de algún  bichejo que he puesto, o teclean el nombre de mi pueblo y sale mi blog. De que se alimenta mi blog entonces (y mi ego, claro) ... pues de vuestros comentarios. De la poca gente que lee, y todavía tiene tiempo y hace el esfuerzo de comentar, de esos 10 ó 12, que empujan este carro de ruedas oxidadas. Así que gracias por todos los comentarios que me habéis dejado este año y perdón, por las veces que me he pasado a leer por vuestra casa y no he dicho ni mú. 

Y sigo con lo de que no ha cambiado nada.
No ha cambiado nada, me estoy planteando cambiarlo yo.
Lo primero que iba a hacer era no mirar el facebook, porque se me ha puesto malito, y tiene una indigestión de chorradas, fotos absurdas, solicitudes de bobadas e invitaciones fantásticas, que creo que lo voy a sacrificar. ¡para que no sufra!
Después, voy a apagar el móvil  ¡ssshh! ¡Qué no se entere nadie!
Voy a salir a dar una vuelta por el monte, y si me pasa algo y palmo, pues mira... era verdad, el fin del mundo.

Hoy no voy a leer el periódico, porque me quita el sueño.
Hoy no voy a comprar nada para que no se rían de mi los cuatro cabrones que se aprovechan del consumismo.
No voy a ver la tele. ¡Hala! ¡Qué se fastidie!
Y no voy a publicar nada en el blog.

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Dos horas después de estos pensamientos, he ido a dar una vuelta por el monte, ¡sin el móvil! ¡Dios! ¡Qué tormento! "¿y si me llaman del cole de los niños?, ¿y si me llaman para un servicio con el taxi? ¿y si me llama la parienta? ¿y si me llaman los colegas para concretar la timba de hoy?
Total, que he vuelto a todo correr, he buscado el móvil... y no me había llamado nadie, ni tampoco había recibido sms, pero ¡qué tranquilidad! ya no me sentía como si fuese en pelotas por la calle. 
con tanta tranquilidad, me puse a cerrar mi cuenta de facebook, pero nada más abrirlo... una foto que mi cuñada ha puesto de mi sobrino, ¡qué chulo está!... una foto antigua de cuando íbamos a la escuela de La Vega que han publicado en el grupo "Gente de Vega de los Árboles", y me la iba a perder... sigo bajando y una publicación nueva de Ebolica que fa blog y la nueva portada del libro de Mercedes Vendramini... ¡No! no puedo cerrar el feisbuk.
Luego he bajado a la cafetería, he leído el periódico desde donde pone "Diario de León" hasta el horóscopo ("siga jugando" decía).
Luego he subido, he puesto la tele para ver el tiempo.
Con la bobada, recordé que no había comprado el regalo del "amigo invisible" (a este se le ve... a leguas) que hacemos en la familia, y he tenido que ir a comprarlo...

Total que al final, no he hecho nada de lo que dije. Debe de ser la oleada de incoherencia que asola el país.

Y para terminar de llevarme la contraria a mi mismo, voy a publicar esta entrada en cuanto se me ocurra un título.

¡FELICES CENAS! Y ¡PRÓSPERO ROSCÓN!

*Los comentarios son bueeeeeenos, que no os de vergüenzaaaa...


martes, 18 de diciembre de 2012

Salgo para Marte pasado mañana.


Amanece el día 18 de diciembre de 2012.

Llevo toda la noche trabajando normal, pero cuando acudo a las nueve menos cuarto a recoger al primero de los niños con síndrome de Down, que llevo en el taxi cada día al colegio, este manifiesta miedo injustificado.

-         ¡Qué “mieo”!- repite todo el camino. Llora, y hasta la lluvia le asusta.

No doy importancia a esto, a pesar de que todo el viaje es atípico, y sin darme cuenta, me voy decidiendo por rutas diferentes a la de todos los días.

A los pocos minutos de dejar a los niños en el centro, y de despedirme de la acompañante que va con ellos, recibo la llamada de Mónica.

Mónica y yo éramos inseparables durante los 16 y 17 años, íbamos al mismo instituto, estábamos juntos casi todo el día. Comenzamos a salir juntos a los 17, y mantuvimos una relación agradable y divertida. Descubrimos juntos muchos de esos juegos con los que solo habíamos fantaseado.

Todo terminó con un accidente de coche, ella estaba en su pueblo por el verano, y de regreso de una fiesta, un grave accidente hizo que perdiera la vista, pues los cristales destrozaron sus ojos. Yo, por mi parte no la abandoné ni un minuto, pero ella no me quería a su lado, no quería salir más conmigo, porque no quería que yo condicionara mi vida a su ceguera, y por más que repetí que me daba lo mismo y que la quería tanto o más que siempre, ella me dejó.

Que sí, que podría dejar de salir conmigo, pero nunca sería capaz de dejar de ser mi amiga. Esto pasó hace 23 años, ahora tenemos 40, y seguimos viéndonos de vez en cuando, aunque ella viaja mucho y no siempre está aquí.

Hoy, me ha sorprendido, pues nada más sentarme en la cafetería frente a ella, sin decir hola ni nada, como siempre que me huele al llegar.  

-         Mira Rubén. Lo que está pasando.

-         ¿qué está pasando?

-         ¿no lo ves?

-         No veo nada, Mónica.

-         Escucha bien, el viento lo dice, los pájaros también, hasta la nieve que cae lo dice y lo escribe en mi piel al tiempo que se derrite. Las hojas al ser movidas por el viento… cada perro que me cruzo, cada paso que doy… me lo dice… va suceder algo terrible.

-         ¡Venga Mónica!, no me puedo creer que te creas eso de que el viernes es el fin del mundo, o el fin de los tiempos como dicen los ingleses y los franceses. Es todo una leyenda más. Se parece más a la mitología griega que a otra cosa, y nunca creerías que existe un minotauro.

-         Pues yo lo siento, acuérdate que sentí lo mismo días antes del tsunami, y también días antes de algunos terremotos.

-         Pero no puede ser…

-         Pues yo siento un nudo dentro de mí, e incluso, el aire que respiro se nota diferente…

-         ¿Y qué puede pasar?, un meteorito no, puesto que lo habrían visto venir hace años. Un  terremoto, afectaría a una parte del mundo, pero no creo que supusiese el final. Puede que una gran erupción volcánica provocase una extinción más, la quinta o la sexta, no sé cuántas van, pero no de un día para otro. Un maremoto afectaría a zonas costeras. Una serie de huracanes y tornados… Casi lo único que podría acabar con la humanidad en un día, serían una serie de ataques y contraataques con armas nucleares.

-         Siento algo raro, pero no sé explicarte.

-         Con la cantidad de información que hay, no puedo entender que haya gente creyendo eso del fin del mundo y construyendo bunkers por todo el planeta.

-         Entonces no me crees…

-         Creo que sientes algo, y que sucederá algo, pero no lo que temes. El final de la vida como la conocemos llegará porque las erupciones solares son preocupantes y los astrónomos son los que más bunkers están construyendo, porque los polos que refrigeran la Tierra desaparecen a pasos agigantados, porque se está desertizando y erosionando el terreno demasiado rápido, y si no que se lo pregunten a la gente de las montañas de Etiopía o Venezuela. Porque se acumula basura en todas partes, porque llegará un momento en que el sistema político esté tan corrupto que se olvidará de la economía mundial y de la pobreza surgirá una epidemia que asole continentes enteros.

-         ¡TE DIGO QUE VA A PASAR ALGO! –gritó Mónica.

-         Pues claro que va a pasar algo… -digo- el día 21 será el fin del mundo, eso lo tengo tan claro como que el día 22 me va a tocar el gordo de la lotería de navidad…

martes, 20 de noviembre de 2012

CUBALIBRE


Estoy tan apagado hoy, tan cabreado, y tan disgustado, que me vengo a mi refugio para ver si me entra el buen humor.

Hay días en que a uno le entra la tristeza como si de una mañana de niebla se tratase, lo invade todo y tapa el sol.

Todo sale mal y retorcido.

Hay días que son como tu suegra, da lo mismo que pongas toda tu voluntad en que las cosas te salgan bien, que vendrá ella y te criticará. 
Te mirará como si su hija se mereciese algo mejor.
Te comparará con sus otros yernos y nueras y saldrás perdiendo.
Te echará en cara... lo que sea.

Hoy fue un día-suegra. 

Pero seguro que mañana será mejor.

1.- ¡Viva Cuba!
2.- Esa moda de camisetas, a ver si crea tendencia (aunque a mi no me quedaría tan bien)
3.- Pinto cuadros sobre piel limpia, uso pintura de dedos por supuesto.
4.- Vendo vida triste por traslado a Cuba para buscar este garito y quedarme allí.
5.- Si estás en paro, búscate una suegra, ya verás que pronto te busca trabajo.

6.- PONED MUCHA ATENCIÓN A LA LETRA.

**** Casa Renta, Santa Lucía, Cuba. Por si a alguno le pilla cerca.

jueves, 1 de noviembre de 2012

CORTAFUEGOS 016

Mario se volvía medio loco de impotencia cada vez que se oían las voces y los golpes en el piso de abajo, el maltratador, sin miedo de ser ajusticiado. Ya que la víctima no tenía valor para denunciar.
Los cardenales ya no se podían disimular, y Mario ayudaba a su vecina siempre que podía, la hija pequeña era de su edad, 17. La mayor 20. Ambas tan impotentes como Mario, aunque ellas nunca recibían palizas, si que eran encerradas en su habitación.
El trauma de las hermanas, les duraría siempre, y los golpes e insultos al otro lado perseguirían a las chicas por el resto de su vida. Para Mario el suplicio era similar.

Esta noche, se le fue la mano, la pobre mujer quedó inconsciente, las chicas encerradas sin poder salir. Una vez el demonio abandonó la casa, la pequeña se acordó de Mario.
-¡Mario! ¡Mario! -gritaba desesperada- si me estás oyendo, por favor baja, creo que ha matado a mi madre...

Mario bajó saltando de rellano en rellano, salvando los 8 escalones de cada tramo. Su cuerpo atlético no era suficiente para abrir la puerta, lo cual consiguió con la ayuda de su padre y otro vecino. 
La mujer no estaba muerta, pero casi... La ambulancia y la policía, llegaron casi al mismo tiempo en que abrieron la puerta, la hija mayor acompañó a su madre en la ambulancia.
La hija pequeña se quedó en casa de Mario, no tenía consuelo.
Fue una noche larguísima, en la que el llanto de la muchacha, y la rabia de Mario estuvieron de la mano.

No se encontraba al maltratador, la mujer tenía para varios días en el hospital, y estaba en estado crítico.

Al día siguiente, Mario bajó al garaje para recoger la bici e ir al instituto, era un garaje grande, pues pertenecía a cuatro portales que se comunicaban por el mismo.
Oyó ruido y se giró. Allí, entre los coches, descubrió al demonio. Su primer impulso fue el de ir hacia el y enfrentarse, pero tenía todas las de perder. El cobarde maltratador, no se decidía a enfrentarse tampoco a Mario, no es lo mismo pegar a una mujer asustada, que a un adolescente deportista, pero al final, pudo más su miedo a ser descubierto y encarcelado, así que se armó con una papelera y se lanzó hacia Mario.
Al ser golpeado, Mario, salió despedido contra la pared, una vez allí, asió lo que más a mano tenía, el extintor, con el que golpeó al hombre en la cabeza, y allí terminó todo, porque el golpe fue accidentalmente mortal.

Lo que parecía un hombre de 17 años, se convirtió en un segundo en un niño de 17 años asustado.

Pero pensando en sus vecinas, se alegró. Cogió el extintor, se coló por el último portal del garaje, subió al último piso sin usar el ascensor ni encender la luz, cambió el extintor de allí por el arma homicida, que había limpiado todo lo que pudo con la lejía del armario de la limpieza. 

Bajó y colocó el extintor en su sitio sin dejar huellas.

Luego llamó a la policía...

La policía, o bien no pudo, o bien no quiso, encontrar arma homicida, ni persona involucrada en la muerte, Mario estaba totalmente derrumbado, y las vecinas, a pesar de tratarse de la muerte de su padre, se sentían aliviadas.

Solo Mario supo de su acción, la cual no confesó nunca a nadie, aunque ya era suficiente castigo el haber asesinado, sin ser un asesino...

Tfno: 016 (parece fácil, pero al parecer, cuesta mucho marcar...)