Seguidores

lunes, 22 de septiembre de 2014

EL CONCIERTO.

Ayer fui a un concierto. Hacía mil años que no estaba en un concierto. Lo menos desde que Rosendo cantaba con "Leño".

Fui para acompañar a mi sobrina. 

Cuando vi a todos sacando los móviles y sujetándolos en alto intentando grabar el espectáculo, fui al coche, cogí el retrovisor interior (uno especial que llevo desde hace años) y me puse a hacer lo mismo que ellos. Allí estaba yo, con el retrovisor mirando hacia mí, la mayor pantalla que había. Todos mirándome. 

Pero ninguno miraba al retrovisor, por eso no podían darse cuenta de que eran ellos los que estaban haciendo el ridículo. 

Al final, el retrovisor y mi cara terminaron viajando por todas partes, primero fue un "guasag" o no se qué. luego alguien los subió a "feisbuk" y otro lo "tintineó"

Al poco tiempo era "trendin topi" o algo así.

El grupo que daba el concierto se mosqueó porque la gente dejó de atender a las canciones, o a lo mejor les molestó que lo único que apuntaba hacia ellos era el retrovisor, y encima no por la parte del espejo. Como vi que me miraban los músicos, les dije ¡qué pasa, que tengo cámara frontal!. Y entonces pararon la canción. La gente estaba tan pendiente de mandar la imagen del tio del retrovisor, que no se dieron cuenta.

Yo me acerqué al escenario y les dije que no se preocupasen, que estaban compartiendo un retrovisor, por si alguien en algún sitio no había visto nunca uno, que, en cuanto lo compartiesen, lo tuiteasen y lo comentasen que se fijarían en el cocierto.

Pero como quiera que pasó un cuarto de hora y seguían sin enterarse de que había parado la música, me subí al escenario, cogí el micro y empecé la subasta del retrovisor.

Se vende retrovisor "vintage",  inicialmente perteneció a un renault 4, más tarde, y después de viajar por media provincia, se rompió y lo puse en la guantera, donde ha estado hasta que se llevaron al mencionado vehículo al desguace, que fue cuando lo recogí y lo puse en mi bici, donde pasó desapercibido hasta que me llevé la bici a la ciudad, donde ya fue trendin topis... Hoy, ya harto de su afán de protagonismo, lo vendo por el simbólico precio de... No, mejor dicho, por el simbólico gesto de apagar los móviles y saltar un poco...

Pero fueron incapaces, ni uno solo pudo pagar tanto... ¡MÍO POR SIEMPRE!

sábado, 14 de junio de 2014

¿Dónde está aquel pueblo?

Desde que mi pueblo ya no es mi pueblo.

Hace tiempo que este no es mi pueblo, el pueblo donde crecí.

El pueblo donde crecí era muy diferente.

Para llegar a mi pueblo, la carretera serpenteaba entre los prados, cuyas sebes hacían de cuneta, y repletas de espinos, paleras, chopos y negrillos... sus copas se encontraban en lo alto, completando un tunel verde, que daba sombra a toda la carretera.

Se llegaba después de 11 Km. desde la nacional 601, 11 Km. tortuosos que hacían que llegar fuese como un premio.

Pero mi pueblo ya no es mi pueblo, porque ya no encuentro los rincones donde, se supone, quedaron los recuerdos de mi infancia.

No encuentro la Presa Grande a su paso por Cañones y Sillanueva, repleta de avellanos y nidos de "pega" y "torcaz"-

No encuentro los Picales donde buscábamos nidos de "grajo", ni encuentro el nido de halcotán que había en la curva de la Serna.

Teníamos casetas en cada rincón, una en  cada calleja.

Se esfumaron los rincones, ya ves, el efecto 2000, en vez de estropear los ordenadores que no había, se llevó por delante aquellos prados...

Nos metíamos en todos lados:
- En el hueco debajo del tejado de la iglesia. Entrábamos por debajo del campanario. (ya no hay hueco)
- En el pajar (Bueno, en todos los pajares a decir verdad).
- En el interior de un nogal hueco caído en la calle los prados, aquel  en el que Narciso nos hizo un pequeño paso a su lado con el hocejo.
- Debajo de un carro de vacas que había al lado del caño, en un huerto desatendido entonces (hoy es un jardín cuidado, y ya no hay carro, ni el nogal que utilizábamos para colarnos allí)
- Y en el entrerríos, conocíamos cada rincón de la ribera.
- En casas viejas...
- En las escuelas...
- En la "cueva de los moros"...
- En la Sierra...
- En la báscula de Valle...
- En el molino...
- En el colmenar...
- Al lado del pino... (que si mi pueblo tuviera bandera algún día, que sea la foto de ese pino... ese "Pino"...)

Era nuestro reino, y nos parecía enorme, hoy es un desierto por muy verde que esté todo. No puedo encontrar en los caminos de concentración y en las hileras de chopos el encanto de las huertas y de las callejas estrechas, ni puedo pescar cangrejos y ranas en las acequias de cemento que sustituyen a los regueros de tierra.

Los cerezales a los que trepábamos, los balonazos que manchaban de barro (y lo que no era barro) las paredes de la plaza... , las porterías que hicimos en casa de David con cuerdas y cañas de bambú, la caseta del campo de fútbol...

Debajo de aquel carro del caño, nos escondíamos para hablar.
Ya no hay "güevadas" en la caseta del campo de fútbol... ni campo de fútbol.
Jugábamos en la "Capilla" al fútbol durante horas y si se nos hacía de noche, nos trasladábamos a la plaza y poníamos la portería debajo de la farola... y Doro jugaba un rato con nosotros cuatro (Pedro, David, Roberto y yo, porque no había más) cuando volvía de la cuadra.

Y por el verano que éramos más, jugábamos a "Tres navíos en el mar" y era imposible encontrarse entre todas aquellas callejuelas.

Íbamos a Valle en la bici o cruzábamos el río hasta Villalquite por la noche.

De las cosas que más han cambiado es el olor. Son olores irrecuperables, y ya casi olvidados, imposibles de definir: La hierba recién segada, los prados donde habían pastado las vacas olían diferente, el olor del ganado en aquellas cuadras diminutas, el frescor de la noche.

Ahora el pueblo está muy limpio, todo es más artificial, y el campo de fútbol en forma de trapecio en vez de rectángulo en el que fuera de banda era cuando el balón caia en el agua del reguero, dejó paso a un polideportivo de cemento con una valla alrededor.

A veces encuentro algún rincón intacto, cada vez con menos frecuencia, y finalmente lo encontraré tan solo en viejas fotografías. Y recuerdo con nostalgia mi pueblo, aquel pueblo, que ya no existe.

Devorado por la nostalgia, trato de reconocer mi propio pueblo.

Y lo peor es que si no fuese porque alguien nos ha pedido que recordemos aquellos años, ni siquiera hubiera reparado en lo cambiado que está todo.

Y aunque parezca lo contrario, todavía tengo mi amor intacto por mi pueblo y sus vecinos, y brindo desde aquí por los rincones que todavía quedan.





miércoles, 26 de febrero de 2014

SOLO NO

Cuando llego todo está en penumbras, el está sentado cerca de la estufa, aunque ésta lleva tanto tiempo apagada que está tan fría como una piedra de la calle.

Cuando encuentro el interruptor de la luz, veo que le molesta la claridad, y entrecierra los ojos. Al rato me mira y no dice nada, presiento que ni se ha dado cuenta del frío que ha invadido la sala. 

Vuelve a mirarme. Se de sobra que me reconoce, aunque hace tiempo que simula que ha perdido la memoria para no hablar con nadie. Pero yo se que no es así. A mí tampoco me habla pero colabora con todo lo que le pido: "levante un poco los pies..."; "beba más agua, se va a deshidratar..."; "pruebe el cocido que me lo ha dado Josefina..." y levanta los pies y le pongo las pantuflas, bebe apenas dos gotas de agua, pero bebe, y se come el cocido poco a poco. 

No llora, se resigna a la vejez, le jode la viudedad recién estrenada, y me mira sin saber yo interpretar su mirada.

¿Qué has hecho hoy? -le pregunto- 
Esperar -me contesta.

Se que habla de la muerte, porque está obsesionado con que ya no pinta nada aquí.
Estaría bien que sus hijos viniesen más a menudo, pero no viven cerca, de todas formas, cada viernes vienen conduciendo los 400 kilómetros que les separan de su padre.
Lloran lo que el no llora.
Cada uno de ellos se lo quiere llevar cada domingo. Pero no quiere. Yo no tengo ningún problema en venir cada día. Así que no quieren obligarle.

En el bolsillo de su chaqueta tiene dos fotos, una de su boda y la última de ella. Procuro no olvidarme de  ellas cuando le pongo una chaqueta limpia.

Le llevo a la bañera y el solito se va lavando. Todo lo hace mecánicamente, sin ganas, cansado.

Pero hoy tiene la estufa encendida, hay luz y me mira con los ojos muy brillantes, lleva puestas las gafas... que no se ni cómo las ha encontrado. Me sonrie, y me pide que le lleve al peluquero. 

Como le veo tan animado, voy encantado, por el camino le digo que le veo muy contento, que me alegro mucho.

-Es que estoy contento - me dice- porque hoy voy a ver de nuevo a Rosa. Que ya está bien de estar aquí solo, y que 95 años son más que de sobra, que ya no pinto nada aquí... 

Me río alegremente ante semejante ocurrencia.

Cuando termina el peluquero, y le da la vuelta tiene una mirada risueña de una paz inmensa, su rostro  transmite una paz sobrecogedora... está muerto.

domingo, 24 de noviembre de 2013

MIGUEL STROGOFF Y NADIA FEDOR

Miguel salió ese día pronto del instituto, porque no había clase a última hora, así que en vez de ir directo a casa, se dirigió a la Biblioteca Pública, allí cogió un libro, "Miguel Strogoff", lo decidió sin saber de qué iba, solo porque el título era su propio nombre.

Como era pronto se sentó en unas escaleras a ojear el libro, su aspecto bonachón, con su incipiente gordura y su cara de pan, llamó la atención de los típicos gamberros, que se pusieron a molestar. Le quitaron el libro de las manos,  y jugaban a a pasárselo unos a otros. Si hubiese sido suyo no le habría importado, pero era de la Biblioteca, y se empezó a desesperar. Sorprendentemente, fue una chica quien acudió en su ayuda, todo fue muy rápido, si una chica muy guapa te llama cobarde, te avergüenzas en el acto.

Ella se interesó por Miguel, se presentó y una vez hecho esto, se dirigió a su portal, que estaba enfrente.

Nadia, se llamaba Nadia. Miguel, que nunca había sido defendido por nadie, la vio como su heroina, se enamoró de ella como solo una adolescente de 13 años se puede enamorar, aun consciente de que por su aspecto, solo podría aspirar a un amor plátonico.

Al día siguiente, al salir de clase, decidió ir al encuentro de Nadia, tenía que darse prisa, pues de lo contrario, llegaría cuando ella ya hubiese entrado en casa. ¡Si tan solo pudiese verla un segundo!

No lo consiguió, llegó demasiado tarde. Su instituto estaba demasiado lejos. Su gordura no ayudaba, y el peso de la mochila tampoco.

El segundo día, dejó la mochila en la caseta del vendedor de la ONCE, que era su vecino. Esta vez tampoco llegó, y para colmo, tuvo que regresar de nuevo hacia su instituto para recuperar su mochila, por lo menos, y ya que era la hora de ir a comer, acompañó a su vecino.

Para olvidar su frustración, se concentraba en la lectura de "Miguel Strogoff". Cuando apareció la figura de Nadia, como acompañante de Strogoff, Miguel se lo tomó como un mensaje del destino. ¡Qué coincidencia!

El cuarto día salió con más decisión, sin mochila, corrió toda la avenida de la estación, cruzó el campo viejo de fútbol, que era un barrizal, por algo le llamaban el "patatal", en vez de seguir por las calles, decidió ser como el correo del zar, saltó el muro del viejo mercado de ganado, que hacía años que se había trasladado a las afueras, corrió como un loco, apenas fue capaz de saltar el muro del otro lado, pues su gordura se manifestaba a cada zancada, ya sin aliento, corrió al lado de las vías del tren, y pasó por un pasadizo inferior. Y ese día, logró llegar a ver como se cerraba el portal de Nadia y vislumbró la silueta de ella tras los cristales...

No cedió, eso es lo que estaba aprendiendo de la historia de Julio Verne. Cada día corría como un loco hasta la calle de Nadia, y luego regresaba feliz de tan solo ese medio segundo que conseguía ver a la muchacha, tenía que darse prisa de nuevo para recuperar la mochila.

Su madre, aprovechando que venía hambriento, y se comía cualquier cosa, empezó a cambiar su dieta caprichosa y poco recomendable. Miguel traía tanta hambre por el ejercicio, que se comía de todo, y traía tanta sed, que se bebía un buen vaso de agua en vez del refresco habitual que apenas si le quitaba la sed.

Con los nuevos hábitos, fue mejorando en su salud, y los resultados fueron llegando, y el primer día que pudo llegar a tiempo para intercambiar un saludo con Nadia, volvió entusiasmado. Y encima Nadia le sonrió. De algo tenía que servir esa cara de bueno.

Sus suficientes raspados en gimnasia, pasaron a notable al siguiente curso. Su ejercicio diario, no pasaba desapercibido para nadie salvo para el propio Miguel, que no se daba cuenta del cambio radical de su aspecto.

Nadia, le sonreía cada día, y el llegaba ya con la suficiente antelación, como para calcular la distancia para ir mirándola el mayor tiempo posible. 

Durante los cursos siguientes, Nadia se acostubró a verle, sin saber lo que Miguel hacía cada día para disfrutar de ese efímero instante.

Últimamente, Miguel, incluso tenía que esperar a que Nadia apareciese por el otro extremo de la calle. Podría incluso llegar con la mochila, pero la costumbre de acompañar a su vecino estaba ya demasiado arraigada. 

Seguía imaginándose que era Miguel Strogoff, a pesar de que había devuelto el libro hacía años, su vecino, sabedor de toda su odisea, se lo había regalado, era su libro de cabecera.

A los 17 años, ya no tenía el mismo aspecto, estaba irreconocible, lejos de olvidarse de Nadia, seguía con su costumbre. 

Su abuela y sus tíos pensaban que había ido al gimnasio, y el no se daba cuenta de su cuerpo atlético, solo se preocupaba de ver a su amor platónico, que nunca se cansaba de verle, hasta se había acostumbrado a cruzarse cada día con el, y siempre buscaba el final de la calle para corroborar que Miguel caminaba hacia ella.

Un día tuvo un impulso, le detuvo y le dijo:
- Miguel, ¿te gustaría asistir a mi cumpleaños? Es el sábado, no todos los días se cumplen 17, si te animas, será a las siete en la bolera de ahí, al final de la calle.
-Me encantará, pero no conoceré a nadie.
-No importa, traéte a un amigo.

El sábado no había dormido. Estaba muy nervioso, pues nunca se había planteado que su relación con Nadia llegase más allá.

Le acompañó su vecina, una chica guapísima, que salía con su hermano mayor, y como éste estaba de exámenes, decidió echar una mano a su cuñadín, que siempre era tan encantador, y además, ella sabía lo de Miguel y Nadia, y opinaba que era una acción de lo más romántica, no quería perderse esa fiesta.

Se sintió fuera de lugar en la fiesta, a pesar de que con la compañía de la novia de su hermano, era el centro de atención. En un momento ya no pudo aguantar los nervios, y decidió salir un momento a respirar un poco...

Su cuñada se vio abordada por Nadia.

-¡Hola! Soy Nadia, la del cumple. ¿Eres la novia de Miguel?
-No, soy la novia de su hermano. ¿Por...? ¿Te gusta?
-Bueeeno, es muy guapo, y me cae bien. Siempre he tenido debilidad por el, desde aquel día hace ya casi cuatro años que le conocí...

-Pues te voy a contar una historia...
____________

Miguel estaba fuera, solo, despejando un poco, cuando una persona se le acercó y le cogió por la cintura...

-No me puedo creer, donde vives, y lo que has tenido que correr durante cuatro años, solo para verme... Así que si te vas de aquí hoy sin pedirme salir, me sentiré muy culpable.
-Eeeeh... yooo... -Balbuceó Miguel-.
-Si, acepto. Mañana te espero a la hora de siempre.

Y al día siguiente, Miguel, voló... llegó cinco minutos antes que Nadia, que venía sola, y se saludaron con un beso, un beso inexperto que sabía mejor que todos los que se diera cualquiera ese día, y continuaron disfrutando juntos de su compañía.

Porque Miguel seguiría corriendo cada día para ver a Nadia, y eso que todavía no sabía que vivirían juntos toda una vida... y aun si lo hubiese sabido, habría corrido igual.

sábado, 26 de octubre de 2013

CASTAÑITA

* Primer cuento que escribe Silvia.
 
CASTAÑITA ESTÁ TRISTE
 
Hay castañas que se comen, y hay castañas que no se comen.
 
"Castañita" era una de las que no se comían. Y como nadie la podía comer, "Castañita" estaba muy triste.
 
- ¡Pobre "Castañita"! -dijo "Arruguita", la nuez- Tengo una idea que seguro que te gusta.
 
- Muy bien. ¿Y cual es? - contestó "Castañita".
 
-Es esta: Tú te escondes dentro de mi cáscara, y así te podrán comer como tú querías.
 
-¡Bien! ¡Es una idea fantáaaastica! ¡hagámoslo, por favor!
 
-Vale -le contestó "Arruguita".
 
"Castañita" y "Arruguita" eran muy amigas y así llevaron a cabo la idea de la nuez.
 
Al final todo salió bien y "Castañita" dejó de estar triste y se puso contenta.
 
FIN
 
SILVIA FERNÁNDEZ TASCÓN
 
* Ya sabíamos todos que tenía mucho cuento, solo que ahora con 7 años lo deja por escrito. Hasta ahora, solo era un bombardeo, una verborrea mareante.


domingo, 8 de septiembre de 2013

LA NOVELA DE MI VIDA.

Mi vida es igual que una novela, por todas las vicisitudes anormales que me han ido sucediendo.

De chico, siempre fuí un tanto tímido, y poco dado a heroicidades, más bien, todo lo contrario, temeroso y cobarde hasta la médula.

Con respecto al resto de los chicos del pueblo, toqué fondo a los 12 años. Esa tarde de verano, a la hora de la siesta, había sucedido una matanza. El pastor había dejado dormitando a sus ovejas en un claro del monte, como de costumbre, y a su regreso, se encontró a las ovejas desparramadas por doquier, otras mordidas y medio muertas, varias muertas por las dentelladas de los lobos, y otras asfixiadas en su huida al caer todas juntas en una carcaval.

Fue una de esas liadas de los lobos, que, de cuando en cuando se dejan llevar por un instinto que les perjudica, y que hace que sus defensores suframos por sus actos.

A alguno de mis amigos, se le ocurrió ir a echar un vistazo al atardecer, la idea no me gustaba, pero para no pasar por cobarde, acepté. 

Gran error.

Al llegar al lugar con otros tres amigos, la escena me impactó, los animales muertos, unos destripados, otros asfixiados... las huellas de la carnicería... Era el atardecer... de pronto se oyeron unos aullidos. Tal fue el espanto que sentí, que empecé a gimotear, expresando el miedo que sentíamos todos, solo que yo fuí el único cobarde que lloró y suplicó volver a casa...

Me pasé toda la noche asustado, porque en toda esa noche no se dejaron de oir los aullidos.

Este trance me marcó como cobarde de por vida.

Solo Mario parecía pasar por alto mi cobardía, y fue mi fiel amigo hasta que harto de la imagen de cobarde, decidí marchar del pueblo a los 16 años, y no regresé hasta los 24.

Curiosamente, seguían teniéndome por cobarde, aunque mi trotar por el mundo había cambiado mi temor por otra cosa.

Cuando regresé, no solo Mario se alegró de verme, también mi vecina Inés, se alegró, tanto que no tardamos mucho en tener un noviazgo de esos trepidantes y apasionados.

Pero pasados un par de años, de nuevo se trunca mi felicidad, una llamada de la madre de Valeria, una amiga que tenía en Argentina, donde había pasado una temporada. Habíamos sido muy amigos, y hasta habíamos tenido alguna noche de pasión, sin llegar a tener una relación amorosa. 

Había muerto en una accidente.
Se me vino el mundo encima.
Cuando su madre me relataba el suceso, yo, mientras recordaba cada palabra, cada carta, cada vez que nos habíamos dejado dinero uno a otro o nos habíamos refugiado el uno en el otro, cada vez que sufríamos alguna decepción en la vida.

Pero su madre seguía hablando, Valeria ha dejado un hijo de 4 años... ¡qué!, ¡no puede ser que Valeria tenga un hijo! me lo habría contado, ¡cómo va a ocultarme Valeria que tenía un hijo! ¿por qué?

- Porque es hijo tuyo.
- ¡Queeeé! No puede ser, me lo habría dicho, nunca me hubiera ido de su lado.
- Pero ella lo quiso así, no te quería como amante y marido, te adoraba como amigo, pero ella no estaba enamorada de tí, ni tu de ella...
- ¿Seguro que es mi hijo?
- Eso es lo que ha dicho siempre...

Viajé a Argentina, pensando que tendría que asegurarme de que era mi hijo, y no una estratagema de Valeria, sabedora de que cuidaría del niño con toda mi alma, y quizás temerosa de que no lo hiciese si no fuese mío. Pobre, en realidad, solo con saber que era hijo de Valeria, le habría dado toda mi vida si hacía falta.

Cuando vi al niño, no hizo falta hacer prueba ninguna. Era mi viva imagen.

Criar y sacar adelante a ese hijo, me retuvo en Argentina unos 17 años, se me hacía imposible regresar a España. Siempre había algo que no podía esperar, alguna cosa que no podía delegar en nadie. 

Cuando mi hijo pudo valerse solo, decidí volver al pueblo que añoraba cada día. A pesar de la imagen de cobarde, que persistía en mis compañeros de infancia, exceptuando a Mario y a Inés (Inés del alma mía), al final no la quedó más remedio que casarse con Mario, que fue quien estuvo a su lado cuando me fuí. Eran esas cosas irremediables del destino, tenían una hija de 16 años, Laura. Yo la conocía por fotos. Y un hijo de 13, Miguel.

Tenía muchísimas ganas de verles.

Cuando regresé, me recibieron con la alegría de siempre, como si no hubiese pasado el tiempo. No obstante conocían cada suceso de mi vida, y yo de la suya.

Al ver a Inés, sentí momentaneamente un sentimiento de pérdida irreparable, pero al ver a Mario tan orgulloso de su mujer y de sus hijos se me transformó en un sentimiento de cariño  inmenso.

Años de incidencias en el continente sudamerícano, por las llanuras, las montañas, las selvas, los ríos etc, me habían convertido en una persona con una perspectiva muy diferente respecto al miedo y a la cobardía.

Pero en mi pueblo, seguía siendo el cobarde de siempre.

Un día el hijo de Mario e Inés, llegó corriendo al pueblo al anochecer y con los truenos y relámpagos que presagiaban una gran tormenta enturbiando la tenue luz del ocaso.

Laura y Marta, estaban con Miguel en el bosque, y de pronto, oyeron un aullido, y se asustaron, Marta se torció un tobillo, y Laura se había quedado con ella en la cueva del Peñón.

Eso no era lo malo, esa cueva siempre se inundaba si había una fuerte tormenta, en todo caso, ese no era el único peligro, aunque no lloviese lo suficiente, la población osera de la zona, se había recuperado lo suficiente como para ser un peligro en esa época del año.

Cuando se quiso organizar un grupo de búsqueda, era noche cerrada, la lluvía era torrencial, y la gente no se atrevía a intentar un salvamento, pues el bosque en esas circunstancias, era imprevisible, la oscuridad y la lluvia, hacían que la gente se extraviase con facilidad, y por aquellos riscos acechaba la muerte en cada acantilado... el grupo de búsqueda se detuvo al pie del bosque, pensativo, decidiendo esperar al grupo de rescate de la Guardia Civil, pero no había tiempo que perder. Mario estaba en estado de shock.

No había tiempo, cogí la linterna de manos de uno de ellos y me fuí solo al bosque.

Estaba muy oscuro, pero era mi bosque, con mis ruídos, con mis rincones y con mis recuerdos. Los sonidos que de niño me asustaban, eran ahora muy familiares para mí, incluso les echaba de menos, cuando no les tenía cerca.

La lluvia se hizo muy fina, pero tenía poco tiempo antes de que se llenase la cueva, es más, temía que era demasiado tarde, así que corrí por entre las peñas, olvidando el peligro que había bajo mis pies, olvidando a los lobos, a los osos y a todos los animales que parecían revivir con la lluvía... 

Cuando llegué, estaba tan oscuro, que no se vía nada, pero antes de llegar a la entrada de la cueva, mis pies se empaparon, el agua estaba muy por encima de la entrada, sin duda en aquel lugar, la tormenta había descargado con más intensidad.

Esta vez, me estaba entrando... no miedo... pánico, ante la posibilidad de la muerte de las chicas.
-¡LAURA! -grité.
 Y al rato oí una voz apenas audible. Deduje, que Laura había previsto la inundación de la cueva, y había logrado encaramarse por la montaña arriba, por entre aquellos matorrales impenetrables. Nadé por el torrente, apenas pude llegar a la orilla, por suerte dí con la rama de un árbol y me así a ella. Seguí el sonido de su voz...

- "¡Estamos aquí!" "¡ya voy!" -repetíamos uno y otro. 

En la oscuridad, me abría camino entre matorrales y zarzas, la sangre recorría mis brazos y mi cara, de tanto arañazo como tenía, y no paraba de imaginar el esfuerzo de Laura y Marta con el tobillo maltrecho, para ponerse a salvo.

Al fin las encontré, estaban ateridas de frío, y yo más o menos igual, empapados nos sorprendió el amanecer. La humedad de la tormenta, había dado paso a un niebla intensa, era muy peligroso regresar así, pero el riesgo de hipotermia nos hizo arriesgarnos a regresar.

Fue una odisea, teníamos heridas por todo el cuerpo, ya muy golpeado y magullado. Marta apenas permanecía consciente y el tobillo se había hinchado de forma desmesurada.

Cuando oímos a la gente llamándonos, gritamos con todas nuestras fuerzas, enseguida nos facilitaron mantas y ropa seca, y nos llevaron en volandas al pueblo. Donde se vivía un drama de total desesperanza por parte de los padres de las chicas.

Nuestra llegada, supuso tal alivio, que el día se tornó en una fiesta.

Si alguna vez en mi fuero interno, había tenido miedo de traer a mi hijo al pueblo para que no supiese de mi fama de cobarde, creo que al ver las caras de la gente que me daba las gracias y encumbraba mi acción, se me abrió la posibilidad de presentarle a mis mejores amigos.

Hechos puntuales nos marcan de por vida, y si de niño preadolescente, tuve miedo irracional del bosque durante el día. Apenas pensé en el miedo cuando me introduje en el bosque en plena noche de tormenta. 

A toro pasado parece una insensatez lo que hice, pero si pasase hoy de nuevo, volvería a olvidarme del miedo, tal fue la satisfacción, de ver la cara de alivio y alegría en mis amigos Mario e Inés (Inés del alma mía). 

Menos mal que la gente no sabe que sigo teniendo muchos miedos, miedos a la incertidumbre de lo que me deparará la vida en los años venideros, aunque, luego, cuando llegan los peligros, de nuevo vuelvo a olvidarme del miedo, como si el simple hecho de que la gente te tenga por valiente, te haga creértelo de tal forma, que de verdad lo seas. De la misma manera, que si la gente te llama cobarde, realmente te acabe convirtiendo en un cobarde.

jueves, 29 de agosto de 2013

SORTEANDO OBSTÁCULOS.

Están discutiendo como nunca en la vida. 

Por un chico.

El, ni sabe lo que pasa, ignora que despierta esos sentimientos.

La amistad de las chicas se tambalea, se resquebraja.

El, no siente nada de eso por ninguna de las dos.

La situación es absurda, destructiva, dañina y dolorosa.

La amistad de el con ellas también está en peligro.

Pero, el destino acude en su ayuda.

De la forma más cruel.

Solo una de ellas tiene un accidente.

No muere, no es grave.

Pero el susto...

Quedan de manifiesto los verdaderos sentimientos. Porque de pronto ninguna de las dos piensa en el, porque el está en el marco de la puerta mirando como se abrazan y ni le ven, ni le oyen.

La perspectiva ha cambiado. Le siguen queriendo. Pero no se lo van a disputar. 

Es un susto muy oportuno. La situación se normaliza, y ninguna de las dos se da cuenta, de que va acompañado...

Solo cuando abandona el hospital, le ven desde la ventana, cogido de la mano...

Se miran, se rien, y, y, y,  ... por esta vez. Aceptan la derrota de buen humor, pero solo porque están juntas.


... También ellas se dan la mano, y la calidez de esa amistad se fortalece de nuevo hasta la próxima, o hasta siempre, nadie puede saberlo.