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miércoles, 26 de febrero de 2014

SOLO NO

Cuando llego todo está en penumbras, el está sentado cerca de la estufa, aunque ésta lleva tanto tiempo apagada que está tan fría como una piedra de la calle.

Cuando encuentro el interruptor de la luz, veo que le molesta la claridad, y entrecierra los ojos. Al rato me mira y no dice nada, presiento que ni se ha dado cuenta del frío que ha invadido la sala. 

Vuelve a mirarme. Se de sobra que me reconoce, aunque hace tiempo que simula que ha perdido la memoria para no hablar con nadie. Pero yo se que no es así. A mí tampoco me habla pero colabora con todo lo que le pido: "levante un poco los pies..."; "beba más agua, se va a deshidratar..."; "pruebe el cocido que me lo ha dado Josefina..." y levanta los pies y le pongo las pantuflas, bebe apenas dos gotas de agua, pero bebe, y se come el cocido poco a poco. 

No llora, se resigna a la vejez, le jode la viudedad recién estrenada, y me mira sin saber yo interpretar su mirada.

¿Qué has hecho hoy? -le pregunto- 
Esperar -me contesta.

Se que habla de la muerte, porque está obsesionado con que ya no pinta nada aquí.
Estaría bien que sus hijos viniesen más a menudo, pero no viven cerca, de todas formas, cada viernes vienen conduciendo los 400 kilómetros que les separan de su padre.
Lloran lo que el no llora.
Cada uno de ellos se lo quiere llevar cada domingo. Pero no quiere. Yo no tengo ningún problema en venir cada día. Así que no quieren obligarle.

En el bolsillo de su chaqueta tiene dos fotos, una de su boda y la última de ella. Procuro no olvidarme de  ellas cuando le pongo una chaqueta limpia.

Le llevo a la bañera y el solito se va lavando. Todo lo hace mecánicamente, sin ganas, cansado.

Pero hoy tiene la estufa encendida, hay luz y me mira con los ojos muy brillantes, lleva puestas las gafas... que no se ni cómo las ha encontrado. Me sonrie, y me pide que le lleve al peluquero. 

Como le veo tan animado, voy encantado, por el camino le digo que le veo muy contento, que me alegro mucho.

-Es que estoy contento - me dice- porque hoy voy a ver de nuevo a Rosa. Que ya está bien de estar aquí solo, y que 95 años son más que de sobra, que ya no pinto nada aquí... 

Me río alegremente ante semejante ocurrencia.

Cuando termina el peluquero, y le da la vuelta tiene una mirada risueña de una paz inmensa, su rostro  transmite una paz sobrecogedora... está muerto.

domingo, 24 de noviembre de 2013

MIGUEL STROGOFF Y NADIA FEDOR

Miguel salió ese día pronto del instituto, porque no había clase a última hora, así que en vez de ir directo a casa, se dirigió a la Biblioteca Pública, allí cogió un libro, "Miguel Strogoff", lo decidió sin saber de qué iba, solo porque el título era su propio nombre.

Como era pronto se sentó en unas escaleras a ojear el libro, su aspecto bonachón, con su incipiente gordura y su cara de pan, llamó la atención de los típicos gamberros, que se pusieron a molestar. Le quitaron el libro de las manos,  y jugaban a a pasárselo unos a otros. Si hubiese sido suyo no le habría importado, pero era de la Biblioteca, y se empezó a desesperar. Sorprendentemente, fue una chica quien acudió en su ayuda, todo fue muy rápido, si una chica muy guapa te llama cobarde, te avergüenzas en el acto.

Ella se interesó por Miguel, se presentó y una vez hecho esto, se dirigió a su portal, que estaba enfrente.

Nadia, se llamaba Nadia. Miguel, que nunca había sido defendido por nadie, la vio como su heroina, se enamoró de ella como solo una adolescente de 13 años se puede enamorar, aun consciente de que por su aspecto, solo podría aspirar a un amor plátonico.

Al día siguiente, al salir de clase, decidió ir al encuentro de Nadia, tenía que darse prisa, pues de lo contrario, llegaría cuando ella ya hubiese entrado en casa. ¡Si tan solo pudiese verla un segundo!

No lo consiguió, llegó demasiado tarde. Su instituto estaba demasiado lejos. Su gordura no ayudaba, y el peso de la mochila tampoco.

El segundo día, dejó la mochila en la caseta del vendedor de la ONCE, que era su vecino. Esta vez tampoco llegó, y para colmo, tuvo que regresar de nuevo hacia su instituto para recuperar su mochila, por lo menos, y ya que era la hora de ir a comer, acompañó a su vecino.

Para olvidar su frustración, se concentraba en la lectura de "Miguel Strogoff". Cuando apareció la figura de Nadia, como acompañante de Strogoff, Miguel se lo tomó como un mensaje del destino. ¡Qué coincidencia!

El cuarto día salió con más decisión, sin mochila, corrió toda la avenida de la estación, cruzó el campo viejo de fútbol, que era un barrizal, por algo le llamaban el "patatal", en vez de seguir por las calles, decidió ser como el correo del zar, saltó el muro del viejo mercado de ganado, que hacía años que se había trasladado a las afueras, corrió como un loco, apenas fue capaz de saltar el muro del otro lado, pues su gordura se manifestaba a cada zancada, ya sin aliento, corrió al lado de las vías del tren, y pasó por un pasadizo inferior. Y ese día, logró llegar a ver como se cerraba el portal de Nadia y vislumbró la silueta de ella tras los cristales...

No cedió, eso es lo que estaba aprendiendo de la historia de Julio Verne. Cada día corría como un loco hasta la calle de Nadia, y luego regresaba feliz de tan solo ese medio segundo que conseguía ver a la muchacha, tenía que darse prisa de nuevo para recuperar la mochila.

Su madre, aprovechando que venía hambriento, y se comía cualquier cosa, empezó a cambiar su dieta caprichosa y poco recomendable. Miguel traía tanta hambre por el ejercicio, que se comía de todo, y traía tanta sed, que se bebía un buen vaso de agua en vez del refresco habitual que apenas si le quitaba la sed.

Con los nuevos hábitos, fue mejorando en su salud, y los resultados fueron llegando, y el primer día que pudo llegar a tiempo para intercambiar un saludo con Nadia, volvió entusiasmado. Y encima Nadia le sonrió. De algo tenía que servir esa cara de bueno.

Sus suficientes raspados en gimnasia, pasaron a notable al siguiente curso. Su ejercicio diario, no pasaba desapercibido para nadie salvo para el propio Miguel, que no se daba cuenta del cambio radical de su aspecto.

Nadia, le sonreía cada día, y el llegaba ya con la suficiente antelación, como para calcular la distancia para ir mirándola el mayor tiempo posible. 

Durante los cursos siguientes, Nadia se acostubró a verle, sin saber lo que Miguel hacía cada día para disfrutar de ese efímero instante.

Últimamente, Miguel, incluso tenía que esperar a que Nadia apareciese por el otro extremo de la calle. Podría incluso llegar con la mochila, pero la costumbre de acompañar a su vecino estaba ya demasiado arraigada. 

Seguía imaginándose que era Miguel Strogoff, a pesar de que había devuelto el libro hacía años, su vecino, sabedor de toda su odisea, se lo había regalado, era su libro de cabecera.

A los 17 años, ya no tenía el mismo aspecto, estaba irreconocible, lejos de olvidarse de Nadia, seguía con su costumbre. 

Su abuela y sus tíos pensaban que había ido al gimnasio, y el no se daba cuenta de su cuerpo atlético, solo se preocupaba de ver a su amor platónico, que nunca se cansaba de verle, hasta se había acostumbrado a cruzarse cada día con el, y siempre buscaba el final de la calle para corroborar que Miguel caminaba hacia ella.

Un día tuvo un impulso, le detuvo y le dijo:
- Miguel, ¿te gustaría asistir a mi cumpleaños? Es el sábado, no todos los días se cumplen 17, si te animas, será a las siete en la bolera de ahí, al final de la calle.
-Me encantará, pero no conoceré a nadie.
-No importa, traéte a un amigo.

El sábado no había dormido. Estaba muy nervioso, pues nunca se había planteado que su relación con Nadia llegase más allá.

Le acompañó su vecina, una chica guapísima, que salía con su hermano mayor, y como éste estaba de exámenes, decidió echar una mano a su cuñadín, que siempre era tan encantador, y además, ella sabía lo de Miguel y Nadia, y opinaba que era una acción de lo más romántica, no quería perderse esa fiesta.

Se sintió fuera de lugar en la fiesta, a pesar de que con la compañía de la novia de su hermano, era el centro de atención. En un momento ya no pudo aguantar los nervios, y decidió salir un momento a respirar un poco...

Su cuñada se vio abordada por Nadia.

-¡Hola! Soy Nadia, la del cumple. ¿Eres la novia de Miguel?
-No, soy la novia de su hermano. ¿Por...? ¿Te gusta?
-Bueeeno, es muy guapo, y me cae bien. Siempre he tenido debilidad por el, desde aquel día hace ya casi cuatro años que le conocí...

-Pues te voy a contar una historia...
____________

Miguel estaba fuera, solo, despejando un poco, cuando una persona se le acercó y le cogió por la cintura...

-No me puedo creer, donde vives, y lo que has tenido que correr durante cuatro años, solo para verme... Así que si te vas de aquí hoy sin pedirme salir, me sentiré muy culpable.
-Eeeeh... yooo... -Balbuceó Miguel-.
-Si, acepto. Mañana te espero a la hora de siempre.

Y al día siguiente, Miguel, voló... llegó cinco minutos antes que Nadia, que venía sola, y se saludaron con un beso, un beso inexperto que sabía mejor que todos los que se diera cualquiera ese día, y continuaron disfrutando juntos de su compañía.

Porque Miguel seguiría corriendo cada día para ver a Nadia, y eso que todavía no sabía que vivirían juntos toda una vida... y aun si lo hubiese sabido, habría corrido igual.

sábado, 26 de octubre de 2013

CASTAÑITA

* Primer cuento que escribe Silvia.
 
CASTAÑITA ESTÁ TRISTE
 
Hay castañas que se comen, y hay castañas que no se comen.
 
"Castañita" era una de las que no se comían. Y como nadie la podía comer, "Castañita" estaba muy triste.
 
- ¡Pobre "Castañita"! -dijo "Arruguita", la nuez- Tengo una idea que seguro que te gusta.
 
- Muy bien. ¿Y cual es? - contestó "Castañita".
 
-Es esta: Tú te escondes dentro de mi cáscara, y así te podrán comer como tú querías.
 
-¡Bien! ¡Es una idea fantáaaastica! ¡hagámoslo, por favor!
 
-Vale -le contestó "Arruguita".
 
"Castañita" y "Arruguita" eran muy amigas y así llevaron a cabo la idea de la nuez.
 
Al final todo salió bien y "Castañita" dejó de estar triste y se puso contenta.
 
FIN
 
SILVIA FERNÁNDEZ TASCÓN
 
* Ya sabíamos todos que tenía mucho cuento, solo que ahora con 7 años lo deja por escrito. Hasta ahora, solo era un bombardeo, una verborrea mareante.


domingo, 8 de septiembre de 2013

LA NOVELA DE MI VIDA.

Mi vida es igual que una novela, por todas las vicisitudes anormales que me han ido sucediendo.

De chico, siempre fuí un tanto tímido, y poco dado a heroicidades, más bien, todo lo contrario, temeroso y cobarde hasta la médula.

Con respecto al resto de los chicos del pueblo, toqué fondo a los 12 años. Esa tarde de verano, a la hora de la siesta, había sucedido una matanza. El pastor había dejado dormitando a sus ovejas en un claro del monte, como de costumbre, y a su regreso, se encontró a las ovejas desparramadas por doquier, otras mordidas y medio muertas, varias muertas por las dentelladas de los lobos, y otras asfixiadas en su huida al caer todas juntas en una carcaval.

Fue una de esas liadas de los lobos, que, de cuando en cuando se dejan llevar por un instinto que les perjudica, y que hace que sus defensores suframos por sus actos.

A alguno de mis amigos, se le ocurrió ir a echar un vistazo al atardecer, la idea no me gustaba, pero para no pasar por cobarde, acepté. 

Gran error.

Al llegar al lugar con otros tres amigos, la escena me impactó, los animales muertos, unos destripados, otros asfixiados... las huellas de la carnicería... Era el atardecer... de pronto se oyeron unos aullidos. Tal fue el espanto que sentí, que empecé a gimotear, expresando el miedo que sentíamos todos, solo que yo fuí el único cobarde que lloró y suplicó volver a casa...

Me pasé toda la noche asustado, porque en toda esa noche no se dejaron de oir los aullidos.

Este trance me marcó como cobarde de por vida.

Solo Mario parecía pasar por alto mi cobardía, y fue mi fiel amigo hasta que harto de la imagen de cobarde, decidí marchar del pueblo a los 16 años, y no regresé hasta los 24.

Curiosamente, seguían teniéndome por cobarde, aunque mi trotar por el mundo había cambiado mi temor por otra cosa.

Cuando regresé, no solo Mario se alegró de verme, también mi vecina Inés, se alegró, tanto que no tardamos mucho en tener un noviazgo de esos trepidantes y apasionados.

Pero pasados un par de años, de nuevo se trunca mi felicidad, una llamada de la madre de Valeria, una amiga que tenía en Argentina, donde había pasado una temporada. Habíamos sido muy amigos, y hasta habíamos tenido alguna noche de pasión, sin llegar a tener una relación amorosa. 

Había muerto en una accidente.
Se me vino el mundo encima.
Cuando su madre me relataba el suceso, yo, mientras recordaba cada palabra, cada carta, cada vez que nos habíamos dejado dinero uno a otro o nos habíamos refugiado el uno en el otro, cada vez que sufríamos alguna decepción en la vida.

Pero su madre seguía hablando, Valeria ha dejado un hijo de 4 años... ¡qué!, ¡no puede ser que Valeria tenga un hijo! me lo habría contado, ¡cómo va a ocultarme Valeria que tenía un hijo! ¿por qué?

- Porque es hijo tuyo.
- ¡Queeeé! No puede ser, me lo habría dicho, nunca me hubiera ido de su lado.
- Pero ella lo quiso así, no te quería como amante y marido, te adoraba como amigo, pero ella no estaba enamorada de tí, ni tu de ella...
- ¿Seguro que es mi hijo?
- Eso es lo que ha dicho siempre...

Viajé a Argentina, pensando que tendría que asegurarme de que era mi hijo, y no una estratagema de Valeria, sabedora de que cuidaría del niño con toda mi alma, y quizás temerosa de que no lo hiciese si no fuese mío. Pobre, en realidad, solo con saber que era hijo de Valeria, le habría dado toda mi vida si hacía falta.

Cuando vi al niño, no hizo falta hacer prueba ninguna. Era mi viva imagen.

Criar y sacar adelante a ese hijo, me retuvo en Argentina unos 17 años, se me hacía imposible regresar a España. Siempre había algo que no podía esperar, alguna cosa que no podía delegar en nadie. 

Cuando mi hijo pudo valerse solo, decidí volver al pueblo que añoraba cada día. A pesar de la imagen de cobarde, que persistía en mis compañeros de infancia, exceptuando a Mario y a Inés (Inés del alma mía), al final no la quedó más remedio que casarse con Mario, que fue quien estuvo a su lado cuando me fuí. Eran esas cosas irremediables del destino, tenían una hija de 16 años, Laura. Yo la conocía por fotos. Y un hijo de 13, Miguel.

Tenía muchísimas ganas de verles.

Cuando regresé, me recibieron con la alegría de siempre, como si no hubiese pasado el tiempo. No obstante conocían cada suceso de mi vida, y yo de la suya.

Al ver a Inés, sentí momentaneamente un sentimiento de pérdida irreparable, pero al ver a Mario tan orgulloso de su mujer y de sus hijos se me transformó en un sentimiento de cariño  inmenso.

Años de incidencias en el continente sudamerícano, por las llanuras, las montañas, las selvas, los ríos etc, me habían convertido en una persona con una perspectiva muy diferente respecto al miedo y a la cobardía.

Pero en mi pueblo, seguía siendo el cobarde de siempre.

Un día el hijo de Mario e Inés, llegó corriendo al pueblo al anochecer y con los truenos y relámpagos que presagiaban una gran tormenta enturbiando la tenue luz del ocaso.

Laura y Marta, estaban con Miguel en el bosque, y de pronto, oyeron un aullido, y se asustaron, Marta se torció un tobillo, y Laura se había quedado con ella en la cueva del Peñón.

Eso no era lo malo, esa cueva siempre se inundaba si había una fuerte tormenta, en todo caso, ese no era el único peligro, aunque no lloviese lo suficiente, la población osera de la zona, se había recuperado lo suficiente como para ser un peligro en esa época del año.

Cuando se quiso organizar un grupo de búsqueda, era noche cerrada, la lluvía era torrencial, y la gente no se atrevía a intentar un salvamento, pues el bosque en esas circunstancias, era imprevisible, la oscuridad y la lluvia, hacían que la gente se extraviase con facilidad, y por aquellos riscos acechaba la muerte en cada acantilado... el grupo de búsqueda se detuvo al pie del bosque, pensativo, decidiendo esperar al grupo de rescate de la Guardia Civil, pero no había tiempo que perder. Mario estaba en estado de shock.

No había tiempo, cogí la linterna de manos de uno de ellos y me fuí solo al bosque.

Estaba muy oscuro, pero era mi bosque, con mis ruídos, con mis rincones y con mis recuerdos. Los sonidos que de niño me asustaban, eran ahora muy familiares para mí, incluso les echaba de menos, cuando no les tenía cerca.

La lluvia se hizo muy fina, pero tenía poco tiempo antes de que se llenase la cueva, es más, temía que era demasiado tarde, así que corrí por entre las peñas, olvidando el peligro que había bajo mis pies, olvidando a los lobos, a los osos y a todos los animales que parecían revivir con la lluvía... 

Cuando llegué, estaba tan oscuro, que no se vía nada, pero antes de llegar a la entrada de la cueva, mis pies se empaparon, el agua estaba muy por encima de la entrada, sin duda en aquel lugar, la tormenta había descargado con más intensidad.

Esta vez, me estaba entrando... no miedo... pánico, ante la posibilidad de la muerte de las chicas.
-¡LAURA! -grité.
 Y al rato oí una voz apenas audible. Deduje, que Laura había previsto la inundación de la cueva, y había logrado encaramarse por la montaña arriba, por entre aquellos matorrales impenetrables. Nadé por el torrente, apenas pude llegar a la orilla, por suerte dí con la rama de un árbol y me así a ella. Seguí el sonido de su voz...

- "¡Estamos aquí!" "¡ya voy!" -repetíamos uno y otro. 

En la oscuridad, me abría camino entre matorrales y zarzas, la sangre recorría mis brazos y mi cara, de tanto arañazo como tenía, y no paraba de imaginar el esfuerzo de Laura y Marta con el tobillo maltrecho, para ponerse a salvo.

Al fin las encontré, estaban ateridas de frío, y yo más o menos igual, empapados nos sorprendió el amanecer. La humedad de la tormenta, había dado paso a un niebla intensa, era muy peligroso regresar así, pero el riesgo de hipotermia nos hizo arriesgarnos a regresar.

Fue una odisea, teníamos heridas por todo el cuerpo, ya muy golpeado y magullado. Marta apenas permanecía consciente y el tobillo se había hinchado de forma desmesurada.

Cuando oímos a la gente llamándonos, gritamos con todas nuestras fuerzas, enseguida nos facilitaron mantas y ropa seca, y nos llevaron en volandas al pueblo. Donde se vivía un drama de total desesperanza por parte de los padres de las chicas.

Nuestra llegada, supuso tal alivio, que el día se tornó en una fiesta.

Si alguna vez en mi fuero interno, había tenido miedo de traer a mi hijo al pueblo para que no supiese de mi fama de cobarde, creo que al ver las caras de la gente que me daba las gracias y encumbraba mi acción, se me abrió la posibilidad de presentarle a mis mejores amigos.

Hechos puntuales nos marcan de por vida, y si de niño preadolescente, tuve miedo irracional del bosque durante el día. Apenas pensé en el miedo cuando me introduje en el bosque en plena noche de tormenta. 

A toro pasado parece una insensatez lo que hice, pero si pasase hoy de nuevo, volvería a olvidarme del miedo, tal fue la satisfacción, de ver la cara de alivio y alegría en mis amigos Mario e Inés (Inés del alma mía). 

Menos mal que la gente no sabe que sigo teniendo muchos miedos, miedos a la incertidumbre de lo que me deparará la vida en los años venideros, aunque, luego, cuando llegan los peligros, de nuevo vuelvo a olvidarme del miedo, como si el simple hecho de que la gente te tenga por valiente, te haga creértelo de tal forma, que de verdad lo seas. De la misma manera, que si la gente te llama cobarde, realmente te acabe convirtiendo en un cobarde.

jueves, 29 de agosto de 2013

SORTEANDO OBSTÁCULOS.

Están discutiendo como nunca en la vida. 

Por un chico.

El, ni sabe lo que pasa, ignora que despierta esos sentimientos.

La amistad de las chicas se tambalea, se resquebraja.

El, no siente nada de eso por ninguna de las dos.

La situación es absurda, destructiva, dañina y dolorosa.

La amistad de el con ellas también está en peligro.

Pero, el destino acude en su ayuda.

De la forma más cruel.

Solo una de ellas tiene un accidente.

No muere, no es grave.

Pero el susto...

Quedan de manifiesto los verdaderos sentimientos. Porque de pronto ninguna de las dos piensa en el, porque el está en el marco de la puerta mirando como se abrazan y ni le ven, ni le oyen.

La perspectiva ha cambiado. Le siguen queriendo. Pero no se lo van a disputar. 

Es un susto muy oportuno. La situación se normaliza, y ninguna de las dos se da cuenta, de que va acompañado...

Solo cuando abandona el hospital, le ven desde la ventana, cogido de la mano...

Se miran, se rien, y, y, y,  ... por esta vez. Aceptan la derrota de buen humor, pero solo porque están juntas.


... También ellas se dan la mano, y la calidez de esa amistad se fortalece de nuevo hasta la próxima, o hasta siempre, nadie puede saberlo.

lunes, 15 de julio de 2013

... como haya infierno...

En este día me vi ciego de ira y destructivo, enfadado con el mundo entero, no aguantándome ni a mi mismo.
Cargado de rencor, de decepción, cansado de sinsentidos.

 Dispuesto a hacer daño, a devolver los golpes.

Hoy quería ser mezquino, despiadado, rencoroso, iracundo y fiero.

Con el cuchillo entre los dientes, dispuesto a dar una dura lección de tácticas, desde la distancia, como un misil de largo alcance, para hacer daño sin ser visto.

En el último momento dudo... no se si será la mejor estrategia... yo, que siempre me apunto al "... no hay mejor desprecio que no hacer aprecio...", pero a mi alrededor me incitan, y al corroborar la información se confirma la traición. 

De quien menos te lo esperas, como bien decía Napoleón "... la traición siempre llega de quien menos te lo esperas, de lo contrario, no sería traición, sino mera estupidez por nuestra parte..."

Pero... ¿quiero hacer daño?  el día de furia se empieza a desvanecer, una cosa es pensar y decir que vas a liarla parda, y otra es hacerlo.

Pero solo de pensar en el desagravio, en caliente, me hierve la sangre, en esos momentos sería capaz de cualquier barbaridad...

La experiencia de otra veces, me dice que el tiempo cura todas las heridas, y que hacer una locura ahora me traerá un futuro desgarrador.

Pero no me detengo, me han quitado todo, me han arruinado, me he quedado sin familia, solo, sin hogar, sin hijos y sin esposa, me repudia la familia y me han dejado solo los amigos. No tengo nada que perder.

Compruebo que la casa de ese miserable está vacía. coloco la garrafa de gasolina sobre la puerta y desde la valla disparo una bola de fuego.

La venganza es ineludible.

Me dispongo a alejarme cuando oigo gritos dentro.

¡oh, no! una cosa es quemar su casa y otra que mueran sus hijos.

No lo dudo, salto la valla, pues no hay nadie cerca que pueda ayudar a los pequeños, que tienen 8 y 10 años. La niñera sale corriendo una vez que ve imposible atravesar la cortina de fuego, se ve impotente, y sus gritos taladran mis oídos.

¡¿qué he hecho?! de la tumbona de la piscina recojo una toalla al vuelo y salto con ella a la piscina, una vez empapado todo, toalla y yo, cruzo a lo loco el fuego.

De momento no noto nada, pero una vez en el pasillo, la ropa mojada me ha protegido del fuego, pero no me protege de la densidad del humo mortal, busco desesperado a los niños,  cojo la toalla y envuelvo al pequeño, salgo corriendo con el y lo dejo en el cesped al cuidado de la niñera. Rápido y sin dudarlo, vuelvo a entrar, esta vez la ropa mojada ya no hace efecto, y noto como muerden las llamas mis piernas. 

Cuando encuentro al niño mayor, solo me queda la toalla húmeda, le envuelvo con ella y y le incito a salir, es muy valiente, sale como una bala,  todos mis sentidos se van nublando y tan solo el sentido del tacto está al 100 % mientras las llamas se ceban en mis brazos, oigo tenuemente la sirena de los bomberos, no será mucho el daño, pero yo ya no puedo más, dando trompicones y sin apenas respirar, a punto de desmayarme, intento salir, tropiezo cerca de la puerta, y la camisa se incendia a mi espalda, aun así, el instinto de supervivencia, me empuja fuera, caigo envuelto en llamas el dolor es insoportable, el momento se hace interminable, veo como los bomberos me ayudan y sofocan el fuego que me devora, apenas me quedan segundos de consciencia, en el último de esos segundos veo que los niños están a salvo e indemnes.

¡Maldita sea la venganza! muero pues no noto ya dolor, y me veo a mi mismo rodeado de bomberos desde lo alto.

¡Maldita sea la venganza! que arrastra a inocentes, que daña y no resuelve, esa bola de nieve que crece y crece, esa chispa de fuego que incendia bosques enteros y que mata y mata, y que genera odio y más odio.

Ha sido horrible, el fuego quemándome... como haya infierno... 

No veo una luz blanca, tan solo una oscuridad impenetrable, se ve que la luz blanca es solo para los inocentes... ya noto calor... como haya infierno...



martes, 9 de julio de 2013

REBUZNOS DE AMOR

Estaba sentado en el porche del refugio donde llevaba varios años viviendo. Aquella casa aposentada en la ladera de la montaña, aislada, mirador de la comarca, como un vigía que vigila y no convive.

Cuando vi la figura esbelta y grácil de Leti, inconfundible. Subía por el medio de los prados, ignorando el camino, desafiando al condenado burro, que campaba solo en ese prado, apartado de todo bicho viviente para que no hiciese daño a nadie. No respetaba a nadie. Excepto a Leti, a ella no le hacía nada, trotaba a su lado para llamar su atención como hipnotizado de la naturalidad con la que ella se aventuraba en sus dominios como si fuese la dueña.

Era un tanto extraño, que ese burro que embestía como un toro bravo, que mordía a todo lo que se le acercaba y que pateaba como un jugador de rugbi, trotase al lado de esa mujer como si fuese un perro faldero y felíz como un niño.

Ya el día que le puse nombre vaticiné su carácter, "stoikov".

Así que, si cruzaba por el prado, solo podía ser Leti, descalza por la hierba corta, con los zapatos en la mano, y su media melena danzando alrededor de ese cuello que un día había sido mío.

Dos años hacía que no la veía ni hablaba con ella, lo dejé yo aunque no lo creyese nadie, de la pereza que me daba espantar moscones de su lado. Si llego a saber que nunca más volvería a tener una mujer tan bonita, natural y agradable, no lo habría hecho, y habría trabajado gustosamente toda la vida de "espantamoscas"... y si llego a saber en ese momento, el dolor que me produjo el día que la ví con otro, que pareció que se me había roto todo por dentro, que me quitó las ganas de risa para una buena temporada... y si llego a saber que Leti se iba a enfadar tanto que estaría estos dos años sin verla ni hablar con ella... entonces si que no la habría apartado nunca de mi lado. No era consciente en ese momento de que era mucha más mujer de lo que yo merecía.

Por eso, cuando la descubrí subiendo descalza por el prado después de dos años sin verla, el corazón se me quería salir de su sitio, parecía que la montaña que estaba a mis espaldas no era suficiente para esconderme de mis propios nervios.

Tenía apenas veinte minutos hasta que llegase a mi lado, desde que vivía solo aquí, apartado del pueblo, no recibía visitas, y tenía todas mis cosas desparramadas en lo que yo llamo mi "orden desordenado", porque era la extraña manera de saber dónde estaba todo.

Pasaban los minutos y yo seguía embelesado mirándola, el vaivén de su melena su caminar elástico y elegante, su sonrisa, su cara risueña... ¡cómo había echado de menos esa imagen! decidí aprovechar la ocasión y saborear cada segundo que durase.

Al salir del prado, se despidió de "stoikov" que se quedó pegado a la portillera rebuznando sus lamentos, cual lobo que aulla a la luna llena.

Continuó descalza hasta llegar a mi lado, y, como si hubiese subido el día anterior, hizo lo que siempre había hecho. Tiró sus zapatos a mis pies y dijo "pa´tí".
No pude evitar reirme.

Se sentó a mi lado sin mirarme.
- Ya se porque me dejaste -dijo-.
- Claro, si te lo dije yo.
- No, tu me dijiste todas las mentiras y excusas típicas. Ahora se la verdad.
- Que no quería estar toda la vida espantando hombres de tu lado...
- No, esa es la mentira que te cuentas a tí mismo.

Y entonces me miró, y sus ojos verdes, se enfrentaron a mis verdes ojos, lo único con lo que podía competir, con los ojos, porque con las miradas me vencía siempre.

- ¿Entonces? ¿cual es, según tú, el motivo?

- Te subestimas, creías que te acabaría dejando porque no podrías darme lo que yo quería... Y lo que es peor, creías que tu enfermedad era terminal y no querías que yo pasase por eso, lo cual me ha demostrado lo mucho que me quieres...

- ¿Quién te lo ha contado?
- ¿Qué importa?  el caso es que has superado la enfermedad, y que solo confiaste en tus tíos viviendo aquí arriba solo con ellos, y ahora que ellos han ido a vivir con sus hijos, pensarás seguir aquí, claro, porque te encanta estar aquí...

- Necesitaba un trasplante, y las posibilidades eran pocas, incluso habiendo donante solo había un 15 % de posibilidades... pero lo conseguí... 

- He estado tan enfadada contigo, que no puedo evitar sentirme culpable.

- Es injusto que pienses eso, tenías motivos para estar enfadada.

Las lágrimas aparecían en sus ojos, pero no dejé que llegasen a salír de allí. Con las yemas de los dedos se las retuve en los mismos párpados, dejé caer las manos hasta su cuello y, finalmente, la abracé, y pedí perdón.

- Estoy feliz, Leti, por esta segunda oportunidad que me da la vida. No me arrepiento de no contártelo, porque no quería que pasases por ello. 

- ¿Y qué vas a hacer ahora?

- Aquí estoy bien, tengo de todo, mira, hoy tengo una visita especial, ha venido a verme la mujer más bonita de este mundo, le ha puesto contento a mi burro, y me ha ofrecido el espectáculo de subir descalza, por la hierba como si fuese el mismísimo ángel de la guarda, que subía para decirme que no vuelva a dejarle al margen... Por cierto, ¿sigues siendo la maestra de esos cafres?

- Sí -contestó agradeciendo el cambio de tercio-. No son tan cafres.

- Te invito a una cena romántica, ¿te quedas a cenar?

- ME QUEDO con mayúsculas, a mi no me dejas más, no pienso dejar que me engañes dos veces.

- ¿Aquí aislada? ¿solo conmigo, los perros y "stoikov"?
- Si hubiese peligro, "stoikov" me defendería.
- Yyyy... estooo... ¿te puedo besar ya?
- ¿Es que piensas pedírmelo cada vez?
- No creo.

Me dispuse a aprovechar cada momento, antes de que llegase la siguiente zancadilla de la vida, antes de que llegase el siguiente contratiempo. Por si acaso, pensaba disfrutar de cada segundo. 

Curiosamente, me emocionaba pensar que podría verla subir por el prado más a menudo, pues era, en esos momentos, todo lo que pedía al futuro: verla cada día.

A media noche salí a aullar a la luna, me salieron rebuznos, y a "stoikov" le entraron ganas de conversación, con lo cual, esa noche ya no durmió nadie más, ni allí ni en el pueblo.

Y mientras busco el final que se me ha ido por entre las orejas y la boina, se me viene esta canción.