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lunes, 13 de mayo de 2013

MI ABUELA SE HA MUERTO UN POCO.

Mi abuela se ha muerto un poco.

Porque cuando se vive hasta los 91, ya no te puedes morir del todo. Del todo se muere uno cuando falta mucho por vivir. Pero Rosario, ya nos dejó todo lo que nos podía dejar, con esa edad, ya nos ha dado todos los recuerdos, todos los momentos, y todas las cosas que una niña, una hermana, una esposa, una madre, y... una abuela puede dar. No quedó nada en el tintero, ha sido una vida plena, tan solo ha estado viuda en los últimos años, en los que ha llevado una vida más sedentaria, en parte por la viudedad, y en parte, porque    han ido desapareciendo casi todas las compañeras de la brisca que jugaban en casa de Joaquina o en casa de Donina.

No se podía morir del todo, porque nos dejó todo lo que se puede dejar.

A veces es difícil seleccionar en la mente los mejores recuerdos, por eso, hay que recurrir al subconsciente. Y mi subconsciente, se ha remontado muy atrás en el tiempo. A los veranos en los que llenaba el pilón por la mañana para que el agua estuviese tibia por la tarde y bañarnos en el todos los nietos. A los cerezales que había a su ventana, donde pasábamos las horas y al huerto por el que corríamos.

Pero yo, lo que más rememoro, son aquellos días en los que hacía roscas y magdalenas, porque mi abuela cocinaba bien, pero esas cosas las hacía irrepetibles. No paro de recordar estos días, cuando yo era un renacuajo, y mi abuela hacía pastas y roscas en el horno de adobe que había en casa de Rolindes y Regino, ese olor que despedían las pastas recién hechas, es el mejor perfume que he olido en mi vida. Mientras ellas horneaban, yo no me separaba de allí. 

Bromeando, yo siempre he pensado en ellos como las cuatro erres. Mis abuelos, Ricardo y Rosario, y sus amigos, Regino y Rolindes... y ahora, después de muchos años se han reunido los cuatro. No se si lo de las erres es casualidad, pero cuatro de los ocho nietos compartimos dicha inicial. 

Cuando estaba en la mili, nada más entrar en la batería, ya me estaban todos los compañeros preguntando ¿traes magdalenas de las de tu abuela?. Poco se podía imaginar mi abuela el éxito de sus magdalenas, antes de amanecer el lunes, abría la bolsa que me había preparado para toda la semana, los asturianos que me acompañaban sacaban el pan, el chorizo y la sidra, y para Diana, ya no había nada.

Grabado se me queda, porque desconocía el detalle, que mi abuela cantaba. Un día trabajando en su pueblo, su hermana me dijo "¡cómo eché yo de menos a Sari cuando se casó! ¡ella, que siempre estaba cantando, en casa y en el lavadero!

Son recuerdos sueltos, no se porque esos y no otros.
De nuevo, me quedan rincones vacíos, ahora además, se añaden miradas perdidas, y ya ni te cuento adjetivos, porque no siendo ella... ¿quién me va a decir a mi que estoy guapo?, que es lo último que la entendí con claridad.

En fin, lo último que me dijo fue un "bueno" que casi no se oía, y lo último que hice la última vez fue besarla, y eso, viniendo de mí que no beso ni a tiros, yo creo que la gustó... a pesar de que supo que era una despedida.

Aquí queda un patrimonio desperdigado de nietos y biznietos.

Yo probé sus torrijas, sus roscas, sus pastas y sus magdalenas. Ahora ya sabéis por qué soy tan goloso. Porque las hacía muy bien.

Ya solo me queda borrar la imagen de su aspecto final, porque los últimos días la dejaron irreconocible, y guardar para siempre los momentos donde su cara se mostró orgullosa de nosotros.

Mi abuela Rosario, Sari para los de Villaverde.

viernes, 3 de mayo de 2013

KANELITA Y EL SAPO.


*En su día dediqué esta entrada a Cesia (Kanelita), me ha emocionado saber que fue premonitoria, y que ha encontrado pareja. Aunque nunca he estado en Venezuela, intenté situar el relato allí.

En el muelle de San blas… Maná… sola se quedó, esperando.

A él también le encanta esa canción, pero sus senderos transitan por la otra parte de la ciudad.

Ella anhela encontrar ese príncipe, da igual si no es perfecto… da igual… con solo que me quiera, piensa, da igual… pero… ¡qué aparezca pronto!
El que espera… desespera.

Tan solo está, que sus ideas son sus únicas compañeras, que su soledad le oprime el pecho, que sus decepciones le atormentan, que sus errores le aplastan. ¡Qué triste estás, Mario! se dice a sí mismo.

Tan sola está, que entre la multitud, camina sin ver a nadie, que sus hijos le reclaman atención, y su mente viaja a un mundo fantástico donde comparte su maternidad y su amor con un hombre compatible con la gradeza de su amor… Se desborda ese amor, se sale de su cauce… Kanelita, no lo des más vueltas, se dice a si misma.

Mario, camina por la playa cada amanecer, ensimismado en el sol naciente, en la brisa embriagadora y perfumada del nuevo día. ¿Qué me deparará este día? piensa. Ya no me espero nada, ya he agotado todas mis oportunidades de amar, cada vez se me hace más difícil comenzar de nuevo.
Y Mario no sabe por qué, pero no se ve capaz de comenzar de nuevo, no insiste, no busca contacto con ninguna mujer. A pesar de su vida vacía, no se ve con ánimo de buscar compañía femenina, rehuye los bailes, se esconde de la vida, abrumado por los continuos fracasos amorosos.

Kanelita, no descansa, sus hijos, todavía son pequeños, requieren dedicación, tiempo, cariño, atención… pero en sus días sin descanso donde las horas no son suficientes… Ella posee un tremendo vacío. No ocupa espacio en su casa, no quita tiempo a sus quehaceres… pero… ¡es tan grande!
Y la noche… la noche… es eterna. Falta algo, pero lo que se encuentra en su vida cotidiana, no es lo que busca. Haciendo un esfuerzo, intenta algo con ese chico guapo, o con ese hombre tan afable, pero no es lo mismo, no hay flechazo, ¡pasión! ¡amor desenfrenado! eso es lo que busca, ese hombre que solo con ver su rostro, y oir su risa, haga que el corazón de Kanelita salte como un sapo…

Un sapo… así se siente Mario, torpes saltos, amores fallidos, tristeza constante, ánimo destruido indefinidamente.

Kanelita, pasea por la playa al atardecer, a veces con sus hijos, a veces sola, a veces con un posible amor… pero hasta ahora, siempre se siente sola, esté quien esté a su lado… su corazón no salta.

Mario trabaja maquinalmente, y luego vuelve a su casa, lee sin entender lo que lee, porque su mente está eternamente enfrascada en por qués que no tienen respuesta.
¿Por qué no me quieren?
¿Por qué me equivoco con cada mujer?
¿Por qué la última me puso los cuernos?
¿Por qué siempre fracaso?
Pero si no soy tan feo.

Kanelita, trabaja fuera, luego en casa, luego no duerme. Porque la soledad no viene sola, viene con angustia, con insomnio, con tristeza, con amargura.
Sueña con su príncipe azul, o verde, ahora ya no importa el color, ¡qué más dá! solo quiere querer.
Piensa:
El padre de mis hijos… nada, el corazón no salta… ese tren ya pasó.
El último amor… me engañó, sigue con ella… el corazón no salta.
Ese chico estupendo que me han presentado, podría… se lleva la mano al pecho… el corazón, sigue a su ritmo. No salta.
El hombre misterioso que me saca siempre a bailar, me rio mucho, me lo paso bien, pero… en cuanto se detiene la música, el corazón… vuelve a su letargo.

Hoy es sábado, Mario ha salido a pasear como siempre al amanecer por la playa.

Hoy es sábado, los niños duermen, Kanelita no puede, les deja al cuidado de alguien y se va a espantar su insomnio y su anhelo por las calles de la ciudad.
Kanelita va sin rumbo, sin darse cuenta, llega a la playa. No se ve nada más que una persona a lo lejos… se aleja…
Se descalza y va caminando por la arena húmeda, siente una paz inmensa, pero la belleza del sol sobre las olas en esa hora temprana, hace aflorar las lágrimas a sus ojos, y se enfada consigo misma. Es fuerte, aparta de su mente ese momento de debilidad. Para olvidarlo, saca el libro de bolsillo que siempre lleva a mano, y sigue paseando enfrascada en la lectura.

Mario, ha llegado al final de la playa, da la vuelta en un acto reflejo sin apartar la mirada de las lineas del libro que va leyendo. Le encanta ese libro, esos poemas de amor, siente nostalgia de los tiempos en que amó, pero ya nada le conmueve, cuando ve una mujer solo ve una máquina de hacerle sufrir, y su cuerpo reacciona evitando el contacto, como los perros de Pavlov, su inconsciente toma el mando.

¡Qué bien escribe este autor! Kanelita tiene los sentimientos a flor de piel, está emocionada por los versos plasmados en el papel. ¡Mil veces ha leido cada verso! y aun así, no puede dejar de conmoverse.

Los dos van enfrascados en su lectura. ¡Tan ensimismados! que el choque es inevitable, los libros caen a la arena, los marcapáginas, quedan a su lado.
Las disculpas de ambos se atropellan, parecen dos tartamudos intentando recitar.
Lo siento…lo siento… lo siento… losientolosientolosiento…
Cuando van a recoger sus libros, no saben cual coger, son el mismo libro, la misma edición de bolsillo, las mismas páginas marcadas, los marcapáginas, se quedan olvidados en la arena, testigos de un accidente.

Mario se siente más sapo que nunca, no reacciona a tiempo de escapar de la mirada de Kanelita… Una vez los ojos de uno contactan con los ojos del otro, no pueden apartar la mirada.

En las púpilas del otro, cada uno, no solo ve su propio reflejo, sino el estado de ánimo del que está enfrente.
Ven el uno en el otro la soledad y la tristeza.
La situación hubiese sido cómica, pero la lectura que les condenó al choque, mantiene los sentimientos durante unos segundos mágicos.
Los dos siguen su camino alejándose uno del otro… a los dos pasos… los dos vuelven la mirada.
Kanelita da la vuelta “se valiente” “se valiente” , se dice.
Y acompaña a Mario comentando su lectura y la casualidad que ha sido que entre millones de libros, estuvieran leyendo el mismo, y que entre millares de habitantes, fueran ellos los que estaban en esa playa, y que entre centenares de metros, siguiesen el mismo camino…
El mismo camino…
Se despidieron sin decirse su nombre. Cada uno por su lado.
Cada uno pensando en el otro.

Mario entró en casa. Al pasar por delante del espejo del recibidor, al verse, se llevó una grata sorpresa, ¡sonreía!
Luego, al darse cuenta de su torpeza, sintió como se hundía su alegría en el pozo de la angustia. Se había olvidado de preguntar el nombre de la mujer, no sabía nada de ella, ¿cómo la encontraría?

Kanelita llegó a casa, sus hijos estaban despertando, se puso a preparar el desayuno, pero… ¡cómo me tiemblan las manos! ¡no puedo pararlas! La taza cayó al suelo, su hijo mayor, viendo a su madre afligida, tendió sus brazos y se abrazó a ella.
-¡Mamá! ¡cómo te late el corazón! parece que se te va a salir… ¡Mira!. Hermanito, el corazón de mamá está saltando…

Otra vez sábado, la semana se ha hecho eterna, para Mario… y para Kanelita.
Ninguno ha dormido, vueltas y vueltas, nervios y más nervios. No corren las horas.
Impacientes, se levantan antes de tiempo. Caminan hacia la playa en medio de la oscuridad, no hay tiempo de esperar por el sol.
Antes de llegar a la playa, ya se ven por el paseo a la luz de las farolas. Se reconocen a lo lejos. Corren uno hacia otro. Cuando se encuentran, casi chocan de nuevo. Esta vez, si se rien, se rien sin parar, vienen sofocados por la carrera, casi no pueden hablar. Se cogen de las manos y se miran.
-Mario, me llamo Mario.
-Kanelita.
Solo se soltaron una mano, siguieron caminando hacia la playa cogidos de la otra.
Todavía sangraba el flechazo de Cúpido del sábado anterior…
POM POM POM POM POM POM.
Dos corazones desbocados, hacía ya un buen rato de la carrera y seguían agitados.
No hizo falta mucho para besarse, para conocerse, para la ternura, para la compasión del uno por el otro, de ponerse al día, de decirse todo…
El primer beso, coincidió con el primer rayo de sol, que al aparecer iluminó la cara de Mario… ¿Qué ven mis ojos? he encontrado un príncipe.
Mario veía a Kanelita con nuevos ojos, con una sensación inédita de cariño. AMOR…
…AMOR y AMOR.
Mario miró hacia la playa al irse. Allí, donde se habían besado… allí estaba, se veía todavía un poco, ya las olas se llevaban… lo que quedaba de su piel de sapo…

AQUÍ LO TIENES.

sábado, 27 de abril de 2013

MIRADAS

Miradas, tan solo eso, miradas. Tan solo de eso se alimenta esta relación. De miradas. 
No se si comenzó ella, o comenzó el, no lo recuerdo, no puse atención... ensimismado... miraba. Miraba sin pensar.
Miradas fugaces, prohibidas, camufladas entre el oleaje de cabezas absortas en los libros. Miradas superfluas, de pasada, como sin querer, ajenas al silencio de la bilbioteca. Así comenzó todo.
Luego, días y meses ¡hasta años! de miradas, de complicidad, de alegría, eufóricas, melancólicas, juguetonas, lujuriosas, tristes, excitadas, arreboladas, animadas, vivas... con cuantos adjetivos se puedan definir las miradas, pues les recorrieron todos a lo largo de los años. 
Acompañadas de sonrisas, de lágrimas, de suspiros, de estornudos, de guiños, de risas... 
Pero ni una palabra. Tan solo miradas, sorteando las cabezas absortas en los apuntes y los libros, en silencio. 
Miradas invisibles para los demás, y sin embargo, conectadas entre sí desde el tercer día, cuando decidieron dejar de mirarse de soslayo para mirarse sin reparo.
Miradas encendidas, impacientes, anhelantes...
Miradas frustradas, nerviosas... ¿solo me vas a mirar? parecían decirse uno a otro... con la mirada, claro.
Ni una sola palabra, así toda la carrera. Años, de mirarse y de no hablarse. 
Así venía subsistiendo la relación, cogida con pinzas. Ni sabían cómo sería la voz del otro.
El día que terminó la carrera, los dos tenían pensado decirse algo, pero que si mi padre viene a buscarme, que si quedé con mi hermano, no pudieron decirse nada, solo adios... eso sí, con la mirada.
Al día siguiente, volvieron al paseo de la facultad aunque ya no pintaban nada allí, pues era su único sitio en común. Los dos con la misma idea de verse.
Allí plantados, inmóviles, a cincuenta metros, mirándose. Avanzaban uno hacia otro con parsimonia, y cuando estuvieron juntos, una sonrisa, las manos cogidas, y sin decir nada, se besaron...
Sin decir nada...
                             Miradas...
                                                 Besos...
¡sshhh! ¡no digas nada!
Ni una palabra, que estropee la magia, pues este cuento, solo es un cuento, fantástico de mi fantasía, imposible... ni te lo imaginas. Hay que andar escaso de cordura para comprenderlo, pues es una locura.







martes, 23 de abril de 2013

23 de Abril de 2013

Los dos últimos años, tal día como hoy, publiqué un pequeño relato como homenaje al día del libro.
En 2011, dejé publicado el siguiente relato:
 
Teniendo como protagonista "El conde de Montecristo"
 
 
En 2012, dejé el siguiente:
 
Y en este, cuyo libro protagonista, era "El Camino", alguien me dijo que era muy previsible (claro, si yo fuera un escritor de élite, y mis relatos no fuesen previsibles, tendría títulos publicados y sería famoso). Así que este año, no voy a poner ningún relato.
 
Solo pondré unas reflexiones mías (también muy previsibles, para que nadie se pierda)
Si Alfred Nobel hubiese sido anterior a Shakespeare y Cervantes, les habrían dado un premio Nobel. Pero... ¿se lo darían todos los años a uno de los dos como si fuesen Messi y Cristiano? ó ¿dejarían rascar bola a algun escritor más?
Claro, que si Nobel supiese que sus investigaciones en explosivos iban a servir para destruir tantas cosas, igual se hubiese dedicado a investigar otras cosas.
De Cervantes me quedo con "Rinconete y Cortadillo", porque, pasados los siglos, ya no quedan en España caballeros andantes locos como Don Quijote, ni cuerdos como Amadís. Mucho menos escuderos como Sancho Panza. Eso si, tenemos "Rinconetes" y "Cortadillos" para exportar, no obstante, han escalado hasta las más altas esferas políticas e incluso monárquicas de este país.
De Shakespeare, no me quedo, de momento con nada, porque tan extraordinarias obras, se están poniendo en entredicho por los siguientes motivos. ¿Cómo pudo William describir tan bien, ambientes tan dispares como los italianos y los daneses, por ejemplo, si nunca había visitado esos paises, ni tenía estudios para escribir con semejante maestría? Pues por lo visto, como estaba mál visto que las mujeres escribiesen, algunas de sus obras, o quien sabe si todas, eran de mujeres. (esto lo he visto hace poco en un reportaje, que a saber si es verdad o no, porque confieso que no he leído ni una sola linea de William Shakespeare)
 
Para concluir, un chiste... vaaale... también previsible.
 
Por una carretera estrecha, española y con muchas curvas, circula un conductor inglés, a su aire, disfrutando el paisaje. De pronto, un coche conducido por un español, llega a su altura y se pega a su trasera y toca el claxon insistentemente a la vez que da ráfagas con las luces. A todo esto, el inglés detiene su coche en el medio de la carretera, se baja y le dice al español: "La paciencia es la sabiduría del hombre", William Shakespeare. y continúa por el medio de la carretera sin apartarse. A lo que el español, le cotrarresta a base de pitidos y ráfagas, amén de todo lo que salía por su boca.
De nuevo el inglés detiene su coche en el medio, se baja y le dice al español: "La sabiduría es la paciencia del hombre". William Shakespeare.
 
Pero antes de que regrese al coche, el español le adelanta aun a costa de atascarse en la cuneta, acelera y se adelanta un buen trecho, luego, detiene el coche cruzado en la carretera, saca su bocadillo y una bota de vino, y espera al inglés, que cuando se encuentra la carretera cortada, se baja a pedirle explicaciones al español, a lo que éste le contesta: "¡Te jodes! ¡Cabrón!" Camilo José Cela.
 
Feliz día del libro para todos.
Hoy para mí "La reina descalza" y "La librería ambulante". (sin rosa, esto es León, aunque estén todos los leoneses en Asturias hoy, el día de los comuneros se ha convertido en el día del ikea)
 


viernes, 5 de abril de 2013

2º aniversario

Mañana se cumplen dos años desde que inicié este blog. Las visitas han ido cambiando. 
Comencé con un encargo, que resultó difícil y absurdo. Pero bueno, ya no importa, porque nadie leyó aquellas primeras entradas, y eso que por ahí dejé algunas de las mejores. 
Ahora, después de haber superado aquellos días tristes, me veo sin tiempo. Me da rabia, porque tengo cada vez más historias en la cabeza, relatos de todo tipo, que voy escribiendo en hojas sueltas, que luego no tengo tiempo de trascribir al blog.
Como quiera que el blog está perdiendo fuelle, y ya no hay mucha gente siguiéndolo, seguramente publique las entradas como al principio, solo por el placer de contarlas, de plasmar por escrito lo que me ronda por la cabeza... o por el corazón... no se, no se yo, si una parte del cerebro no descubierta todavía, no la tendremos en algún rincón inexplorado del corazón o alrededores, y eso por no nombrar a otros órganos que también piensan por su cuenta.
En todo caso, dar las gracias a todos los que alguna vez han llegado a este humilde blog y no se han arrepentido.
Y aunque llegue el día que no recibe una sola visita (no falta mucho), yo seguiré descargando por aquí todo lo que desborda mi imaginación, eso que sueño, o eso que me invento.
¡GRACIAS A TODOS!

Gracias al huevo, gracias a la gallina... como dice la canción.
SONRIA POR FAVOR

lunes, 25 de marzo de 2013

LA EPÍSTOLA OCULTA

Abril de 2013.

Catalina retira los escombros de la bodega de su casa de toda la vida, donde se crió con sus padres. Sus hijos van a reparar  esa parte de la casa porque necesita nueva instalación eléctrica y algunos arreglos. Ahora, al tirar un pequeño tabique, aparecen papeles antiguos, se han salido de una caja de metal que se ha abierto al caer al suelo.

Casi todo lo que contiene son  cartas de su padre a su madre, fechadas en los difíciles años de la segunda mitad de los años ´30. Al pasarlas, una fecha llama su atención... 20 de abril de 1957... y está destinada a ella misma. Catalina nunca recibió esa carta... no se extraña, el remitente es Alonso, y la madre de Catalina le odiaba, rencillas arrastradas desde la odiosa guerra civil. Y eso que Alonso era su mejor amigo, y era un chico encantador, no obstante había esstado enamorada de el hasta las trancas ¡cuánto le había odiado por haberse ido  a Argentina sin despedirse! Y... ¿por qué nunca la escribió?

El corazón de Catalina se aceleró de improviso, le temblaban las manos mientras abría la carta, que permanecía cerrada 56 años después. ... o sí se despidió... -pensaba-... y no me enteré...

20 de abril de 1957
Querida Catalina:
Tenemos 20 años ya cumplidos. Te escribo esta carta porque llevo enamorado de tí cinco años, o, quién sabe, lo mismo te quiero de toda la vida, porque no me dí cuanta de cómo ni cuándo empecé a quererte.
Ya me conoces, pues eres la persona más cercana a mí y con la que más tiempo he pasado, ya sabes pues, que soy un tímido incurable. Un cobarde sería más apropiado, al que le falta valor para decirte lo que siento, y por eso no doy la cara y me escondo tras esta carta.
Y seguiría siendo un cobarde y ocultándote que te quiero de no ser porque el destino me empuja a tomar una decisión.
Como te he contado muchas veces, mi tío emigró hace tiempo a Argentina, y puesto que el negocio de mis padres no va muy bien, la solución es irnos para el otro lado del "charco" donde mi tío tiene trabajo para todos.
Ahora bien, y ahora viene lo más difícil de decir, donde me lo juego todo, el órdago... Yo tengo la oportunidad de decidir si me quedo trabajando donde estoy, ya sabes, en el taller oficial de la empresa de autobuses, que el encargado dice que está contento conmigo y han decidido ofrecerme un contrato fijo, con lo cual podría quedarme aquí, aunque lejos de mi familia. O bien, permanecer al lado de mis seres queridos y emigrar.
Si te cuento esto, es porque mi decisión depende de tí, si decides quererme y aceptarme como tu compañero y tu futuro marido, me quedaré sin dudarlo. Si no es así, me iré, pues no soportaría renunciar a mi familia solo para verte en brazos de otro, lo cual me resultaría terriblemente doloroso.
Si decides...no, si me quieres te esperaré cada día de la semana que viene en el banco de la higuera del parque de "La Muralla", a las ocho de la tarde. Me pasaré por allí todos los días al salir del trabajo, esperando que aparezcas algún día, De no ser así, esta carta es una despedida, puede que para siempre.
Te quiere, Alonso

Catalina apenas puede terminar de leer la carta, rápidamente se repone, no quiere que su marido o sus hijos descubran que está llorando.

Unos días más tarde, Catalina, inconscientemente, dirige sus pasos hasta aquel banco del parque de "La Muralla" donde debió acudir hace más de medio siglo. El banco está ocupado, una mujer de mediana edad, está sentada en el, a su lado, ocupando una silla de ruedas hay un anciano.

A Catalina se le parece a Alonso, pero piensa que es por la carta leída recientemente, que la obsesiona noche y día.
-¿Cómo se llama este señor? -pregunta.
-Alonso -responde la mujer.

Catalina se queda paralizada, no puede apartar la mirada de ese hombre que la mira inexpresivamente desde la silla de ruedas.

- Aunque la mayoría de los días tengo que recordarle su propio nombre -continúa la mujer-, y es una pena, porque cuando llegó a la residencia hace tres años, que todavía estaba bien... ¡Tendría que haberle visto! un hombre encantador, educado... respetuoso... amable... y ese acento argentino que le hace tan irresistible. Yo, le traigo aquí, porque cuando tenía memoria era su lugar favorito... bueno... y ahora que se le va la pinza, lo sigue siendo, dice que está esperando a una tal Catalina, todos los días igual, me lo repetirá mil veces, y que está seguro de que vendrá.

Catalina llora amargamente, mira los ojos de ese hombre que no la reconoce, y de repente, el hombre hace ademán de incorporarse, casi lo consigue, sus ojos brillan con entusiasmo... La nieta de Catalina llega en ese momento. Tal es el parecido con su abuela, que ésta por fin comprende...

-¡Anda! -dice la mujer- su nieta es idéntica que a la chica de una foto que tiene Alonso en su cartera...

Y a pesar de los 56 años pasados sufriendo por aquel plantón involuntario, Alonso tendría en adelante, la suerte de revivir cada día hasta su muerte el encuentro con la que el creerá que es Catalina, vivirá como si cada vez fuese la primera esa falsa emoción, como si fuese real... De eso se encargará Catalina con la colaboración de su nieta...