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sábado, 23 de mayo de 2015

Ree

Ree
Caminábamos en dirección contraria, pero se clavaron las miradas, y nos volvimos a la vez para mirarnos, fue como una corriente eléctrica, como si nos conociésemos de otras vidas. Como si nos hubiésemos conocido en nuestros sueños.
Estábamos en una ciudad de paso, regresé por el camino para buscarte, tú, habías hecho lo mismo. Al encontrarnos no podíamos dejar de sonreír, las palabras se atropellaban en nuestros labios. Uno frente al otro, las manos unidas izquierda  con derecha, leyendo uno en los ojos del otro, como si nos conociésemos desde tiempos inmemoriales.
Supimos nuestros nombres sin decírnoslos, los actuales y los pasados, teníamos la misma edad, éramos el mismo signo, nacimos el mismo día. El momento se hizo eterno, el tiempo se detuvo, nuestros rostros cambiaron una y otra vez, en todos nos reconocimos, nos vimos nacer y morir.
En la duda, sabíamos que al soltar nuestras manos, al dejar de mirarnos, se terminaría la magia, y sucedería lo inevitable. Todas las vidas habíamos repasado mientras duró el contacto, y de todas nos conocíamos.
Al soltar nuestras manos, la oscuridad apenas duró un instante, luego esa luz blanca, intensa envolvente, me llevó una paz inmensa. Porque solo regresé para repasar otras vidas, y reconocerme en las siguientes, en la cama dejé abandonado mi cuerpo, y me fui sin más. Mi cuerpo siguió su camino efímero de la vida a la nada, y yo proseguí mi camino, a la espera de renacer en otro cuerpo… esta vez sin prisa.

martes, 24 de febrero de 2015

SE MURIÓ EL IDIOTA

Hace tres años murió mi marido, mientras intentaba apagar el incendio de nuestra casa, que quedó destruída... y toda mi vida se vino abajo, y, a pesar de que no era un buen marido, eché de menos todo lo que el hacía.
Desde entonces vivo lejos de nuestro establo, que se salvó de puro milagro. Tengo que caminar 400 metros cada vez que voy allí a trabajar, sola... trabajar sola... todo para mí...
Desde que murió, ha sido mejor marido que estando vivo, pues ya no regresa a casa borracho, cada domingo me deja una rosa, o cualquier otra flor en el alfeizar de la ventana de mi habitación... detalle que nunca tuvo estando vivo. Claro, que esto no puedo contarlo porque me tomarían por loca, incluso me sorprende a mí misma creer en espíritus, con lo coherente que he sido siempre.
Desde que murió, cada mañana cuando regreso al establo, le encuentro limpio y mullido, y el ganado cepillado, el cuenco del perro lleno, y las cercas de los prados arregladas, y cuando regreso a casa, aunque está vacía, noto una presencia, y, a veces, encuentro el pan a la puerta, cuando estando vivo nunca me lo trajo...
 
Hace tres días se murió el idiota. El idiota que siempre sonríe aunque se estén burlando de el continuamente, el idiota, que entra descalzo en la iglesia para no manchar el suelo, el idiota que invita en el bar a quien más se burle de el, con lo que cada día hay allí un espectáculo bochornoso.
Sí, se murió el idiota que siempre me sonreía, el idiota que cargaba con el pan para todo el pueblo cuando la nieve cortaba la carretera, el idiota que jugaba horas y horas con los niños, el idiota que casi muere por sacar a mi marido en el incendio, el idiota que nunca se enfadó con nadie, y eso que motivos no le faltaban, el idiota que estaba enamorado de la chica más guapa del pueblo que nunca sería para él.
Se murió el idiota que se ahogó en el río por intentar salvar a su perro, que pudo salir ileso, al contrario que el idiota de su amo.
 
Y en el entierro, no se oía ni una mosca, ni el incómodo e irrespetuoso murmullo que se queda a la puerta de la iglesia de todos los que no entran.
Y la gente estaba muy triste, porque resulta, que todo el mundo le quería y sintió su muerte ¡ y mira que era idiota! pero todos le querían.
Y durante el entierro, el pobre perro con tremendos lloriqueos y aullidos, y nadie era capaz de silenciar al pobre animal...
 
Hace tres días murió el idiota, y hace tres días que no hay flores en mi alfeizar, ni el establo está limpio y mullido, ni alimentado el perro, ni arregladas las cercas de los prados, ni hay pan a mi puerta...
Y ahora, ya no creo en espíritus... ahora solo creo en la bondad de los idiotas. 


domingo, 1 de febrero de 2015

EL SUSTO

Hacía tiempo que no venía a mi barrio de la infancia, puede que 20 años, no lo se con certeza, así que, lo primero, visita al bar.
 
- Aquí está mi chica, igual de guapa que siempre - le espeté a mi prima Angela que seguía regentando el bar de la esquina.
 
Nos fundimos en un abrazo, y se nos atropellaban las preguntas...
 
-¡Mamá, mamá! -nos interrumpió un niño, que era idéntico que mi amigo Fernando-
-Así que... -dije- al final te casaste con Fernando.
-¡No! -gritó- ¡No!...
 
(silencio)
 
-Me casé con Juan José... -dijo sin gritar-.
 
(Más silencio)
 
-¡Calla! - susurró- Por favor... no digas nada... ´- tartamudeó.


lunes, 22 de septiembre de 2014

EL CONCIERTO.

Ayer fui a un concierto. Hacía mil años que no estaba en un concierto. Lo menos desde que Rosendo cantaba con "Leño".

Fui para acompañar a mi sobrina. 

Cuando vi a todos sacando los móviles y sujetándolos en alto intentando grabar el espectáculo, fui al coche, cogí el retrovisor interior (uno especial que llevo desde hace años) y me puse a hacer lo mismo que ellos. Allí estaba yo, con el retrovisor mirando hacia mí, la mayor pantalla que había. Todos mirándome. 

Pero ninguno miraba al retrovisor, por eso no podían darse cuenta de que eran ellos los que estaban haciendo el ridículo. 

Al final, el retrovisor y mi cara terminaron viajando por todas partes, primero fue un "guasag" o no se qué. luego alguien los subió a "feisbuk" y otro lo "tintineó"

Al poco tiempo era "trendin topi" o algo así.

El grupo que daba el concierto se mosqueó porque la gente dejó de atender a las canciones, o a lo mejor les molestó que lo único que apuntaba hacia ellos era el retrovisor, y encima no por la parte del espejo. Como vi que me miraban los músicos, les dije ¡qué pasa, que tengo cámara frontal!. Y entonces pararon la canción. La gente estaba tan pendiente de mandar la imagen del tio del retrovisor, que no se dieron cuenta.

Yo me acerqué al escenario y les dije que no se preocupasen, que estaban compartiendo un retrovisor, por si alguien en algún sitio no había visto nunca uno, que, en cuanto lo compartiesen, lo tuiteasen y lo comentasen que se fijarían en el cocierto.

Pero como quiera que pasó un cuarto de hora y seguían sin enterarse de que había parado la música, me subí al escenario, cogí el micro y empecé la subasta del retrovisor.

Se vende retrovisor "vintage",  inicialmente perteneció a un renault 4, más tarde, y después de viajar por media provincia, se rompió y lo puse en la guantera, donde ha estado hasta que se llevaron al mencionado vehículo al desguace, que fue cuando lo recogí y lo puse en mi bici, donde pasó desapercibido hasta que me llevé la bici a la ciudad, donde ya fue trendin topis... Hoy, ya harto de su afán de protagonismo, lo vendo por el simbólico precio de... No, mejor dicho, por el simbólico gesto de apagar los móviles y saltar un poco...

Pero fueron incapaces, ni uno solo pudo pagar tanto... ¡MÍO POR SIEMPRE!

sábado, 14 de junio de 2014

¿Dónde está aquel pueblo?

Desde que mi pueblo ya no es mi pueblo.

Hace tiempo que este no es mi pueblo, el pueblo donde crecí.

El pueblo donde crecí era muy diferente.

Para llegar a mi pueblo, la carretera serpenteaba entre los prados, cuyas sebes hacían de cuneta, y repletas de espinos, paleras, chopos y negrillos... sus copas se encontraban en lo alto, completando un tunel verde, que daba sombra a toda la carretera.

Se llegaba después de 11 Km. desde la nacional 601, 11 Km. tortuosos que hacían que llegar fuese como un premio.

Pero mi pueblo ya no es mi pueblo, porque ya no encuentro los rincones donde, se supone, quedaron los recuerdos de mi infancia.

No encuentro la Presa Grande a su paso por Cañones y Sillanueva, repleta de avellanos y nidos de "pega" y "torcaz"-

No encuentro los Picales donde buscábamos nidos de "grajo", ni encuentro el nido de halcotán que había en la curva de la Serna.

Teníamos casetas en cada rincón, una en  cada calleja.

Se esfumaron los rincones, ya ves, el efecto 2000, en vez de estropear los ordenadores que no había, se llevó por delante aquellos prados...

Nos metíamos en todos lados:
- En el hueco debajo del tejado de la iglesia. Entrábamos por debajo del campanario. (ya no hay hueco)
- En el pajar (Bueno, en todos los pajares a decir verdad).
- En el interior de un nogal hueco caído en la calle los prados, aquel  en el que Narciso nos hizo un pequeño paso a su lado con el hocejo.
- Debajo de un carro de vacas que había al lado del caño, en un huerto desatendido entonces (hoy es un jardín cuidado, y ya no hay carro, ni el nogal que utilizábamos para colarnos allí)
- Y en el entrerríos, conocíamos cada rincón de la ribera.
- En casas viejas...
- En las escuelas...
- En la "cueva de los moros"...
- En la Sierra...
- En la báscula de Valle...
- En el molino...
- En el colmenar...
- Al lado del pino... (que si mi pueblo tuviera bandera algún día, que sea la foto de ese pino... ese "Pino"...)

Era nuestro reino, y nos parecía enorme, hoy es un desierto por muy verde que esté todo. No puedo encontrar en los caminos de concentración y en las hileras de chopos el encanto de las huertas y de las callejas estrechas, ni puedo pescar cangrejos y ranas en las acequias de cemento que sustituyen a los regueros de tierra.

Los cerezales a los que trepábamos, los balonazos que manchaban de barro (y lo que no era barro) las paredes de la plaza... , las porterías que hicimos en casa de David con cuerdas y cañas de bambú, la caseta del campo de fútbol...

Debajo de aquel carro del caño, nos escondíamos para hablar.
Ya no hay "güevadas" en la caseta del campo de fútbol... ni campo de fútbol.
Jugábamos en la "Capilla" al fútbol durante horas y si se nos hacía de noche, nos trasladábamos a la plaza y poníamos la portería debajo de la farola... y Doro jugaba un rato con nosotros cuatro (Pedro, David, Roberto y yo, porque no había más) cuando volvía de la cuadra.

Y por el verano que éramos más, jugábamos a "Tres navíos en el mar" y era imposible encontrarse entre todas aquellas callejuelas.

Íbamos a Valle en la bici o cruzábamos el río hasta Villalquite por la noche.

De las cosas que más han cambiado es el olor. Son olores irrecuperables, y ya casi olvidados, imposibles de definir: La hierba recién segada, los prados donde habían pastado las vacas olían diferente, el olor del ganado en aquellas cuadras diminutas, el frescor de la noche.

Ahora el pueblo está muy limpio, todo es más artificial, y el campo de fútbol en forma de trapecio en vez de rectángulo en el que fuera de banda era cuando el balón caia en el agua del reguero, dejó paso a un polideportivo de cemento con una valla alrededor.

A veces encuentro algún rincón intacto, cada vez con menos frecuencia, y finalmente lo encontraré tan solo en viejas fotografías. Y recuerdo con nostalgia mi pueblo, aquel pueblo, que ya no existe.

Devorado por la nostalgia, trato de reconocer mi propio pueblo.

Y lo peor es que si no fuese porque alguien nos ha pedido que recordemos aquellos años, ni siquiera hubiera reparado en lo cambiado que está todo.

Y aunque parezca lo contrario, todavía tengo mi amor intacto por mi pueblo y sus vecinos, y brindo desde aquí por los rincones que todavía quedan.





miércoles, 26 de febrero de 2014

SOLO NO

Cuando llego todo está en penumbras, el está sentado cerca de la estufa, aunque ésta lleva tanto tiempo apagada que está tan fría como una piedra de la calle.

Cuando encuentro el interruptor de la luz, veo que le molesta la claridad, y entrecierra los ojos. Al rato me mira y no dice nada, presiento que ni se ha dado cuenta del frío que ha invadido la sala. 

Vuelve a mirarme. Se de sobra que me reconoce, aunque hace tiempo que simula que ha perdido la memoria para no hablar con nadie. Pero yo se que no es así. A mí tampoco me habla pero colabora con todo lo que le pido: "levante un poco los pies..."; "beba más agua, se va a deshidratar..."; "pruebe el cocido que me lo ha dado Josefina..." y levanta los pies y le pongo las pantuflas, bebe apenas dos gotas de agua, pero bebe, y se come el cocido poco a poco. 

No llora, se resigna a la vejez, le jode la viudedad recién estrenada, y me mira sin saber yo interpretar su mirada.

¿Qué has hecho hoy? -le pregunto- 
Esperar -me contesta.

Se que habla de la muerte, porque está obsesionado con que ya no pinta nada aquí.
Estaría bien que sus hijos viniesen más a menudo, pero no viven cerca, de todas formas, cada viernes vienen conduciendo los 400 kilómetros que les separan de su padre.
Lloran lo que el no llora.
Cada uno de ellos se lo quiere llevar cada domingo. Pero no quiere. Yo no tengo ningún problema en venir cada día. Así que no quieren obligarle.

En el bolsillo de su chaqueta tiene dos fotos, una de su boda y la última de ella. Procuro no olvidarme de  ellas cuando le pongo una chaqueta limpia.

Le llevo a la bañera y el solito se va lavando. Todo lo hace mecánicamente, sin ganas, cansado.

Pero hoy tiene la estufa encendida, hay luz y me mira con los ojos muy brillantes, lleva puestas las gafas... que no se ni cómo las ha encontrado. Me sonrie, y me pide que le lleve al peluquero. 

Como le veo tan animado, voy encantado, por el camino le digo que le veo muy contento, que me alegro mucho.

-Es que estoy contento - me dice- porque hoy voy a ver de nuevo a Rosa. Que ya está bien de estar aquí solo, y que 95 años son más que de sobra, que ya no pinto nada aquí... 

Me río alegremente ante semejante ocurrencia.

Cuando termina el peluquero, y le da la vuelta tiene una mirada risueña de una paz inmensa, su rostro  transmite una paz sobrecogedora... está muerto.

domingo, 24 de noviembre de 2013

MIGUEL STROGOFF Y NADIA FEDOR

Miguel salió ese día pronto del instituto, porque no había clase a última hora, así que en vez de ir directo a casa, se dirigió a la Biblioteca Pública, allí cogió un libro, "Miguel Strogoff", lo decidió sin saber de qué iba, solo porque el título era su propio nombre.

Como era pronto se sentó en unas escaleras a ojear el libro, su aspecto bonachón, con su incipiente gordura y su cara de pan, llamó la atención de los típicos gamberros, que se pusieron a molestar. Le quitaron el libro de las manos,  y jugaban a a pasárselo unos a otros. Si hubiese sido suyo no le habría importado, pero era de la Biblioteca, y se empezó a desesperar. Sorprendentemente, fue una chica quien acudió en su ayuda, todo fue muy rápido, si una chica muy guapa te llama cobarde, te avergüenzas en el acto.

Ella se interesó por Miguel, se presentó y una vez hecho esto, se dirigió a su portal, que estaba enfrente.

Nadia, se llamaba Nadia. Miguel, que nunca había sido defendido por nadie, la vio como su heroina, se enamoró de ella como solo una adolescente de 13 años se puede enamorar, aun consciente de que por su aspecto, solo podría aspirar a un amor plátonico.

Al día siguiente, al salir de clase, decidió ir al encuentro de Nadia, tenía que darse prisa, pues de lo contrario, llegaría cuando ella ya hubiese entrado en casa. ¡Si tan solo pudiese verla un segundo!

No lo consiguió, llegó demasiado tarde. Su instituto estaba demasiado lejos. Su gordura no ayudaba, y el peso de la mochila tampoco.

El segundo día, dejó la mochila en la caseta del vendedor de la ONCE, que era su vecino. Esta vez tampoco llegó, y para colmo, tuvo que regresar de nuevo hacia su instituto para recuperar su mochila, por lo menos, y ya que era la hora de ir a comer, acompañó a su vecino.

Para olvidar su frustración, se concentraba en la lectura de "Miguel Strogoff". Cuando apareció la figura de Nadia, como acompañante de Strogoff, Miguel se lo tomó como un mensaje del destino. ¡Qué coincidencia!

El cuarto día salió con más decisión, sin mochila, corrió toda la avenida de la estación, cruzó el campo viejo de fútbol, que era un barrizal, por algo le llamaban el "patatal", en vez de seguir por las calles, decidió ser como el correo del zar, saltó el muro del viejo mercado de ganado, que hacía años que se había trasladado a las afueras, corrió como un loco, apenas fue capaz de saltar el muro del otro lado, pues su gordura se manifestaba a cada zancada, ya sin aliento, corrió al lado de las vías del tren, y pasó por un pasadizo inferior. Y ese día, logró llegar a ver como se cerraba el portal de Nadia y vislumbró la silueta de ella tras los cristales...

No cedió, eso es lo que estaba aprendiendo de la historia de Julio Verne. Cada día corría como un loco hasta la calle de Nadia, y luego regresaba feliz de tan solo ese medio segundo que conseguía ver a la muchacha, tenía que darse prisa de nuevo para recuperar la mochila.

Su madre, aprovechando que venía hambriento, y se comía cualquier cosa, empezó a cambiar su dieta caprichosa y poco recomendable. Miguel traía tanta hambre por el ejercicio, que se comía de todo, y traía tanta sed, que se bebía un buen vaso de agua en vez del refresco habitual que apenas si le quitaba la sed.

Con los nuevos hábitos, fue mejorando en su salud, y los resultados fueron llegando, y el primer día que pudo llegar a tiempo para intercambiar un saludo con Nadia, volvió entusiasmado. Y encima Nadia le sonrió. De algo tenía que servir esa cara de bueno.

Sus suficientes raspados en gimnasia, pasaron a notable al siguiente curso. Su ejercicio diario, no pasaba desapercibido para nadie salvo para el propio Miguel, que no se daba cuenta del cambio radical de su aspecto.

Nadia, le sonreía cada día, y el llegaba ya con la suficiente antelación, como para calcular la distancia para ir mirándola el mayor tiempo posible. 

Durante los cursos siguientes, Nadia se acostubró a verle, sin saber lo que Miguel hacía cada día para disfrutar de ese efímero instante.

Últimamente, Miguel, incluso tenía que esperar a que Nadia apareciese por el otro extremo de la calle. Podría incluso llegar con la mochila, pero la costumbre de acompañar a su vecino estaba ya demasiado arraigada. 

Seguía imaginándose que era Miguel Strogoff, a pesar de que había devuelto el libro hacía años, su vecino, sabedor de toda su odisea, se lo había regalado, era su libro de cabecera.

A los 17 años, ya no tenía el mismo aspecto, estaba irreconocible, lejos de olvidarse de Nadia, seguía con su costumbre. 

Su abuela y sus tíos pensaban que había ido al gimnasio, y el no se daba cuenta de su cuerpo atlético, solo se preocupaba de ver a su amor platónico, que nunca se cansaba de verle, hasta se había acostumbrado a cruzarse cada día con el, y siempre buscaba el final de la calle para corroborar que Miguel caminaba hacia ella.

Un día tuvo un impulso, le detuvo y le dijo:
- Miguel, ¿te gustaría asistir a mi cumpleaños? Es el sábado, no todos los días se cumplen 17, si te animas, será a las siete en la bolera de ahí, al final de la calle.
-Me encantará, pero no conoceré a nadie.
-No importa, traéte a un amigo.

El sábado no había dormido. Estaba muy nervioso, pues nunca se había planteado que su relación con Nadia llegase más allá.

Le acompañó su vecina, una chica guapísima, que salía con su hermano mayor, y como éste estaba de exámenes, decidió echar una mano a su cuñadín, que siempre era tan encantador, y además, ella sabía lo de Miguel y Nadia, y opinaba que era una acción de lo más romántica, no quería perderse esa fiesta.

Se sintió fuera de lugar en la fiesta, a pesar de que con la compañía de la novia de su hermano, era el centro de atención. En un momento ya no pudo aguantar los nervios, y decidió salir un momento a respirar un poco...

Su cuñada se vio abordada por Nadia.

-¡Hola! Soy Nadia, la del cumple. ¿Eres la novia de Miguel?
-No, soy la novia de su hermano. ¿Por...? ¿Te gusta?
-Bueeeno, es muy guapo, y me cae bien. Siempre he tenido debilidad por el, desde aquel día hace ya casi cuatro años que le conocí...

-Pues te voy a contar una historia...
____________

Miguel estaba fuera, solo, despejando un poco, cuando una persona se le acercó y le cogió por la cintura...

-No me puedo creer, donde vives, y lo que has tenido que correr durante cuatro años, solo para verme... Así que si te vas de aquí hoy sin pedirme salir, me sentiré muy culpable.
-Eeeeh... yooo... -Balbuceó Miguel-.
-Si, acepto. Mañana te espero a la hora de siempre.

Y al día siguiente, Miguel, voló... llegó cinco minutos antes que Nadia, que venía sola, y se saludaron con un beso, un beso inexperto que sabía mejor que todos los que se diera cualquiera ese día, y continuaron disfrutando juntos de su compañía.

Porque Miguel seguiría corriendo cada día para ver a Nadia, y eso que todavía no sabía que vivirían juntos toda una vida... y aun si lo hubiese sabido, habría corrido igual.