Mario entraba en la misma cafetería de todos los días, a la misma hora, las seis y cuarto de la tarde. Pedía siempre un café con leche, y se sentaba a leer el periódico en la misma mesa, justo al fondo, muy cerca de la cafetera, lo más lejos posible de la entrada y de los lavabos.
Se sentaba allí, tranquilo, leyendo detenidamente el periódico que no había tenido tiempo de leer en todo el día. Pasaba las páginas una a una, con sumo cuidado, a pesar de que el diario estaba manoseado, manchado, y con las esquinas dobladas y arrugadas. Saboreaba cada artículo, cada noticia, sopesaba su veracidad y la incidencia que estas noticias podrían tener en su vida.
Hacía tiempo que las noticias le importaban más bien poco, pero era una costumbre tan arraigada, que era para él un acto reflejo. Los camareros y camareras, le miraban mientras trataba el sufrido periódico como si fuese un pergamino antiguo en vez del maltrecho residuo del trajín del día.
Mario se concentraba en la lectura, removía el café despacio en el sentido de las agujas del reloj, a veces ni tan siquiera había echado el azúcar, bebía y de nuevo removía, pasaba una página con sumo cuidado, removía, y bebía un sorbo. Incluso cuando el azúcar estaba diluido hacía rato, él seguía removiendo maquinalmente.
Pero su concentración se perdía cuando ella entraba. Paula entraba con elegancia, pocos minutos después de las seis y media, hora en que terminaba su jornada. Se aproximaba a la barra, saludaba a los camareros, que ya sabían que tomaría un menta-poleo, y se sentaba junto a sus amigas, justo a la espalda de Mario.
Mario no levantaba la cabeza, pero notaba su presencia, la fragancia que desprendía Paula, una mezcla de su perfume y de su olor natural, invadía el lugar, Mario experimentaba una sensación de bienestar, entrañable, de simpatía. El olor envolvía su cuerpo, desplazaba momentaneamente el olor del café, para más tarde instalarse en el cerebro de Mario. A partir de ese momento, pasaba las páginas sin leerlas, tomaba el café sin darse cuenta, su cerebro, solo pensaba en ese olor de Paula, imaginaba su imagen, sus ojos grandes y claros, de un azul casi gris, su pelo castaño, ondulado, a media melena, su cara bonita... Oía su voz melodiosa, y se sentía feliz durante la media hora en que coincidían cada día.
Nunca habían hablado.
Un día, Paula entró a la hora de siempre. Mario, estaba como siempre ensimismado en su periódico. Pero ese día, Paula en vez de pasar a la mesa situada a la espalda de Mario, donde esperaban sus amigas, se sentó en la silla libre justo frente a él.
-Lo siento perdona, necesito un favor- le dijo, apenas se sentó, le cogió la mano izquierda con su derecha- por favor, sígame usted la corriente por favor se lo pido, si no lo hace, quedaré en el más absoluto ridículo delante de mis amigas.
Mario se quedó sin palabras, levantó la vista y miraba a Paula, el olor y la imagen, ¡qué más podía pedir! Paula miraba como hacia él, pero su mirada resbalaba por su cara y se dirigía a sus espaldas. El, sin embargo, aprovechaba y escudriñaba cada milímetro de las facciones de ella.
-Me llamo Paula, y mis amigas, que están ahí detrás de usted, me han preparado una encerrona, una cita a ciegas, ¡a traición!, y el personaje que me han buscado, no me cae bien. Le estaría muy agradecido si me pudiera ayudar.
El camarero llegó con el menta-poleo, Mario oía pero no escuchaba, ensimismado con la extraña experiencia, no quería romper el momento, hechizado por la mujer que tenía ante sí.
Paula soltó la mano de Mario para echar el azúcar, y de repente notó como echaba de menos la calidez de esas manos, y entonces sí, miró detenidamente a la cara a Mario, a esos ojos verdes.
-Se que está usted casado, pero no le comprometeré, y más tarde, si tiene algún problema con su mujer, no tendré ningún inconveniente en explicarle, está siendo usted muy amable.
-No se preocupe -dijo Mario- mi mujer lo entederá, se lo explicaré luego y lo entenderá.
Ahora era Paula la que se había olvidado de la mesa siguiente, la voz cadenciosa y suave de Mario hizo que se sintiese a gusto, y la conversación siguió muy fluida durante más de hora y media. Cuando se dieron cuenta, la mesa de al lado se había quedado vacía. Los camareros sonreían y bromeaban sobre la pareja, preguntándose cómo había sucedido esto sin que ellos notasen nada en absoluto.
-Muchas gracias, Mario, no sabe usted de la que me ha librado, y me he pasado una velada muy agradable con usted, discúlpeme usted con su esposa. Y no se preocupe, hoy invito yo.
-No importa, Paula, le contaré esto a mi mujer dentro de un poquito, seguro que se reirá de la incidencia.
Mario se fue directo a hablar con su mujer, ese día hablaría con ella un poco más tarde que de costumbre, pero a ella no la importaba, siempre estaba esperándole.
-Espero que no tenga problemas con su esposa - dijo Paula a un camarero mientras pagaba-.
-Mario es viudo - dijo el camarero- hace dos años que su esposa falleció de cáncer. Es el primer día que le hemos visto hablando con alguien.
Paula no esperó ni el cambio, salió disparada, siguió a Mario.
Mario se pasó un buen rato en el cementerio frente a la tumba de su esposa, hoy tenía mucho que contar. Ella siempre le decía antes de morir que era muy jóven y tenía que buscarse otra mujer, a él le parecía imposible pensar en eso, pero ahora...
Paula le vio en el cementerio, y luego se fue a su casa.
Al día siguiente, él estaba puntual en su sitio, con el diario entre las manos. Como cada día, pasadas las seis y media Paula entró en la cafetería, su aroma le envolvió, y su corazón latió a mil latidos por minuto, casi derrama el café, las manos le temblaban, aunque no notaba el temblor, su mano izquierda, que sujetaba la hoja del periódico a unos centímetros por encima de la mesa, estaba teniendo un repentino ataque de parkinson. Otra mano, suave, un tanto fría, le sujetó el temblor, que en vez de desaparecer, se trasladó al resto del cuerpo...
-Hola Mario, hoy invitas tú, ¿vale?. Pero vamos a dar un paseo primero, que entre lo que temblamos los dos, vamos a tirar la mesa al suelo...
*Justo hoy hace un año, abrí este blog, con un reto de por medio, poner punto y final a una historia que venía entretejida por otras 19 personas. Hoy no lo recuerdo, tampoco importa. El blog está cumpliendo su objetivo con creces, es la terapia que me ayuda a superar el mal momento que atravesaba, no necesito más. Pero si encima hay visitas y comentarios, miel sobre hojuelas.
¡GRACIAS A TODO EL MUNDO!